La mujer de la tercera casa

 

Bien, pues era este tipo que entraba a las casas abandonadas y dormía en ellas, sí un vago pues y creo que tenía unos 60 años, sí lo sé estaba viejo. Su nombre no lo recuerdo, es mas, les puedo garantizar que ni siquiera él lo recuerda. El punto es que él solía entrar a las casas abandonadas y dormir en ellas; llevaba haciéndolo durante años y sólo en un par de ocasiones tuvo problemas serios, ya saben, drogadictos, otros vagos, policías y esas cosas. Pero siempre lograba escapar, una vez le alcanzaron a cortar en un brazo, pero fuera de eso y un par de sustos, salía ileso.

Este tipo no le hacía daño a nadie, sí claro, se veía y olía como todo un vago, pero nunca robaba, pedía dinero y algo de comida, era decente entre los de su gremio.

Pero un día vio algo que lo obligó a beber por el resto de sus días, sí, ahora al tipo no lo puedes encontrar sin una botella en la mano y un estado lamentable. Pobre diablo. Pero no lo culpo.

En fin; todo ocurrió en una fría noche de octubre. El sujeto o vago, como le quieran llamar, caminó y caminó ese día. Lo hizo tanto y sin orientación alguna que terminó en una zona de la ciudad que él no conocía, estaba perdido…pero ¿Qué más le daba a un tipo cómo él estar perdido?

Pues ya anochecía y comenzó a explorar la zona, necesitaba un lugar donde pasar la noche y para su fortuna vio un fraccionamiento a lo lejos de pocas casas. Era uno abandonado, había una reja sí, pero sin guardia de seguridad, tenía una pequeña barda y mucha vegetación fuera de control. Decidió aventurarse y saltó la barda, vio que había muchas casas que ni siquiera estaban terminadas, una de aquellas sólo tenía las paredes terminadas. Pero había algunas que se veían completas. Eran suficiente para pasar la noche. Vio tres casas, se metió a la tercera, por su mente cruzó que sería la más segura, ya que los drogadictos siempre elegirían la primera o la segunda. En fin.

Entró a la casa con mucho cuidado, con mucha cautela midió sus pasos. Encontró lo usual, jeringas, mucha basura, grafitis y vegetación. La noche llegó y se dio cuenta de que esa precisa noche había luna llena, esto lo encontró cómo una bendición, podría moverse sin problemas por la casa iluminada por la luz de la luna. La casa tenía dos pisos, exploró el primero y sin sorpresas, había una mesa, la cocina había sido saqueada, solamente colgaban algunas puertas de las estanterías. Esa noche, sin embargo, pensó en ser osado y dormir en la planta de arriba, desde que llego no había escuchado ni un solo ruido, y es que, él sabía que a los indeseables que se había topado en el pasado les encantaba hacer ruido, hoy dormiría bien en el segundo piso, cómo si la casa fuera suya, tal cual propietario.

Se puso en marcha y encontró la escalera al segundo piso, estaba atento mirado hacia atrás constantemente, no fuera que lo sorprendieran, no fuera que él hubiera sido descuidado. Al momento de girar su cabeza para re direccionar su rumbo por la escalera algo golpeó su cara. Se llenó de terror, su primera impresión fue la de salir corriendo, pero después notó que algo no había sido proyectado contra él, él se topó con algo. Eran unos pies que colgaban, colgaban de un cuerpo y este colgaba del techo.

Miro el cuerpo incrédulo, sus piernas le fallaron, no le respondieron.

El tipo en cuestión se quedó ahí, sin moverse, sin cerrar la boca, sin poder desviar la vista de lo que tenía frente a él.

El cadáver descompuesto de una mujer pendía de una soga. Carecía de ojos, su cabello era blanco y escaso, sus dientes se asomaban cual risa de ultratumba por sus labios carcomidos por los insectos. Tenía un camisón descolorido y largo que la cubría hasta los pies. El sujeto quería gritar, quería largarse, quería volver en el tiempo y azotarse a sí mismo por tan siquiera considerar entrar en ese fraccionamiento; en todos sus años de vagar y explorar jamás había encontrado algo similar. La casa retumbaba ante él, la luna gritaba y esos malditos dientes parecían dedicarle la más siniestra de las sonrisas.

Sus piernas por fin respondieron, pero de manera torpe, cayó por las escaleras, se dio unos golpes, nada serio. Fue a dar al suelo y para su fortuna su espantoso hallazgo desapareció de su vista. Recuperó sus pensamientos, pero su respiración seguía agitada. Todo su ser le gritaba, le imploraba que saliera de esa maldita casa, y así lo hizo. No tardó ni un minuto cuando se sorprendió a si mismo escalando el mismo muro por el cual había entrado a ese fraccionamiento. La calma le regresó por un breve instante y pensó en lo que había visto, respiró y la gran luna que se asomaba curiosa en el cielo lo calmó.

Algo repentino y sorpresivo lo invadió: culpa y lastima.

Sintió mucha pena por aquella mujer, por aquel espectro colgando solitario en esa casa. Era probable que fuera el único que la hubiera descubierto, vaya ¿pues qué clase de ser humano podría encontrar algo así y no hacer algo al respecto?

Bajó la barda y caminó hacia la casa, el miedo lo había abandonado, ya no encontraba terror en aquel cadáver, ahora podría hacer algo por alguien, ahora podría ser alguien más que un vago y ayudar a una persona, aunque fuera en la muerte. Mientras estos pensamientos lo asaltaban entro a la casa, vio la misma escalera por la cual antes se había tropezado y subió por ella.

Entonces vio al cadáver por segunda ocasión y una tristeza aún más profunda lo invadió. Triste y sola, abandonada a su suerte en esta vieja casa, colgada y movida por el viento, así se encontraba aquella mujer de la sonrisa espectral.

Nuestro amigo no dudó entonces, con mucha determinación y cuidado bajó a aquella mujer putrefacta de su prisión. La postro en el suelo con los mismos cuidados que se le tienen a un enfermo, quito la cuerda de su cuello que dejó una profunda marca en su podrida carne.

Exploró un poco más la casa y dio con un patio trasero, modesto y pequeño, cual suele tener ese tipo de viviendas. Dio un gran suspiro y se cuestionó todo aquello mientras la luna, juguetona, lo juzgaba. Regresó al interior de la casa, contempló el cadáver de aquella mujer y la tristeza lo golpeó de nuevo.

«Nadie debe de morir sin ser sepultado» pensaba «nadie debe morir mientras una soga aprieta su cuello, nadie debería de morir así de solo» afirmaba.

Encontró periódico entre la basura del lugar, había mucho. No le sorprendía, era bueno para el fuego y para cubrir el cuerpo del pesado frío, alguien más debió de dejarlo ahí, quizá otros como él. Envolvió como pudo a aquella mujer y se la llevó hacia el patio trasero, la dejó ahí y volvió a la casa. Buscó y buscó, pero no tardó. Arrancó algunas tablas sueltas de la cocina, suficiente para hacer una pala improvisada.

Regresó al jardín y se armó de determinación al ver de nueva cuenta a aquel cuerpo que ahora era cubierto por las noticias de hace siete meses atrás.

Cavó y cavó. Cavó durante horas un improvisado agujero, una excusa de tumba.

«Será mientras dan con ella» se decía «es sólo temporal» rezaba.

Las horas pasaron y la luna contempló, el viento sopló y dio pequeñas risotadas infantiles que se perdían en la noche.

La cargó y cuidadosamente la depositó en aquella improvisada tumba, le arrojó la tierra y de pronto la sonrisa siniestra de aquella mujer se le borró de la mente. Se sentía bien, había hecho algo bueno, en toda su vida jamás había hecho algo desinteresado por alguien. Se le infló el pecho y se alegró de que la luna viera y fuera testigo de semejante acto desinteresado. Con la misma madera con la cual cavó y un par más, armo una pequeña cruz que no dudó en clavar en la tierra.

«Con eso la encontraran, seguro que sí» se decía a si mismo mientras entraba de nuevo a la casa y encontraba un rincón para dormir. El agotamiento llegó y lo fulminó, durmió en una pequeña esquina de la planta baja, sus deseos de dormir en alguna de las habitaciones de arriba se habían aplacado.

La noche fue inquieta en sus sueños, se movía constantemente, sentía que algo lo asechaba. Soñó con otras casas, sí, con otros tiempos. Pero el sentimiento de aprensión no lo abandonaba, no lo dejaba. El sol salió y golpeo su cara. Se despertó de mala gana, recordó donde estaba, pero sus ánimos regresaron cuando recordó su noble acción de ayer. Pensaba que aquella mujer ahora descansaba y eso lo hacía sentirse bien, honesto, bueno. Recogió las pocas cosas que tenía, era hora de marcharse, ya que, si una regla el poseía, era la de largarse con el primer rayo de sol, una vez que la noche y la oscuridad dejaban de bendecir sus visitar nocturnas era mejor no correr riesgos innecesarios. Pero antes de marcharse tenía que hacer algo, tenía que despedirse. Caminó entonces hacia el patio trasero, camino hacia la tumba que él había hecho.

Las piernas nuevamente lo traicionaron, su inflado pecho se contrajo y su respiración se aceleró, sus ojos no daban crédito. La tumba estaba abierta, la cruz caída.

Giro su cabeza como pudo, lenta y dolorosamente, tenía todos los músculos tensos. Entonces vio un pequeño trazo de tierra, un pequeño camino que se dirigía hacia la escalera. Pensó lo peor, pensó en gente desagradable, en tipos tan drogados que habían sacado a aquella pobre mujer de aquella tumba. Y sí lo habían hecho todavía seguían en aquella casa. Tenía que correr, tenía que irse y eso mismo hizo. Se dirigió hacia la salida, pero antes pasó por aquella escalera, cada paso que daba estaba bien cuidado, bien ejecutado con tal de no hacer ruido, poniendo especial atención en lo que pisaba. Subió un par de escalones, con tal de enterarse si aquellos profanadores seguían en aquella casa, pero no escuchó nada. Subió un par de escalones más y giró su cabeza.

Sus manos se fueron de inmediato a cubrir su boca, a reprimir ese grito que clamaba por retumbar y llenar aquella casa. Casi se vuelve loco de lo que vio, casi pierde la razón al contemplar de nueva cuenta los pies suspendidos en el aire de aquella mujer, esos pies marchitos y grises, putrefactos que asomaban en sus puntas no dedos sino huesos.

Abandonó aquella casa, sí, corrió lo que nunca había corrido en su vida. Dejó aquella casa, la tercera de aquel fraccionamiento, nunca volvió a pisar una casa ajena en toda su vida. Sí, sigue pidiendo dinero, sigue pidiendo ayuda y cuando suelo verlo no dudo en darle alguna moneda al pobre diablo, sé que lo gasta todo en alcohol y no lo culpo, yo haría lo mismo.

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El músico del diablo

 

Capítulo de mi novela,  uno de los que más me gusta.

Si gustan y les gustó, pueden comprarla por aca:

Deja que los dioses mentirosos duerman

 

¿Spoiler? no tanto…espero.

 

Capítulo 8

El músico del diablo

Mi cuarto, mis paredes, siempre mi cuarto y mis cuatro paredes salvándome de mí mismo, protegiéndome de lo que existe detrás de la puerta, el mundo.
Días… tal vez semanas es lo que llevo aquí, el tiempo tomó sus cosas y se largó de este lugar, llevándose consigo todo sentido y lógica, toda razón. Tirado y derrotado en mi cama, estaba convencido de que sería mi tumba, aquí mis huesos encontrarán su descanso eterno, respecto a mi alma… eso ya será otra historia.
Inclino un poco la cabeza y me doy cuenta de que no tengo librero, ni buró, ni televisión, ni computadora, sólo mi cama y mis paredes blancas. ¿Moverme? No tiene caso, una gran presión me aprisiona, como si una fuerza invisible estuviera encima de mí, imposibilitando mi poco deseado escape. Mi cara se siente rara, pero no importa, nada importa.
Nada tiene sentido y nada nunca lo tuvo.
Mi madre, mi padre, mi hermana, la escuela, la banda, las discusiones, nada importa, nada, ni siquiera yo.
Yo tan lleno de nada.
Yo tan vacío de todo.
Yo sin ser nada.
Yo tan nada.
Dentro de mis oídos escucho retumbar, escucho repicar un tambor y un ritmo que quise ignorar, pero el ritmo no me ignoró a mí.
Era una música, una música que nunca antes había escuchado, es hermosa, son tonadas deliciosas. Una mancha nace en la blanca pared, es negra y se esparce, se divide y se reparte en mi habitación. Los cantos y la música se elevan, qué siniestra bendición.
No quiero, no quiero seguir sintiendo, no quiero sentir esta decepción que cargo en el corazón, esta decepción de ser yo; quiero desaparecer, quiero que no quede recuerdo de mí, que todo lo que fui se lo lleve el viento en un suspiro y lo expulse a la oscuridad, donde con un guiño convenceré a la eternidad de que nunca fui real sólo algo que se diluyó en un sueño, algo que ni llega a lo pasajero.
La música retumba ahora por toda la habitación, es mágica, casi divina, la negrura esparcida en el cuarto baila y se transforma. Son sombras, sombras que bailan y con cada acorde se forman. Quieren jugar a ser humanos, qué lindas son todas ellas.
Ellos, que son muchos, que muchos son todos, que todos son los muertos, quieren música, quieren canto, quieren ser invocados. La prisión invisible que sostenía mi cuerpo ya no está, mi cuerpo flota y se siente feliz. Las sombras con manos se alargan, quieren alcanzarme, los muertos quieren tenerme y yo quiero ser de los muertos, quiero entregarme a ellos, quiero estar con ellos.
Cantan, los muertos están cantando, qué bello es su canto, qué triste y hermoso es su canto. Las lágrimas bañan mi cara, bañan mi conciencia, bañan mi razón, bañan mi alma.
La música, esa música tan majestuosa, esa música que los llama, que les da voz y cuerpo en su mundo de sombras, que los cobija del frío de la carne muerta y podrida, esa música que pensé que venía de fuera, viene de mi cuerpo, yo soy la música, yo soy el ritmo que los contagia, yo soy el acorde que los llama.
Y ellos no están aquí para llevarme, ellos no están aquí para bautizarme con su frío abrazo, ellos están aquí por lo que resuena dentro de mí, ellos están aquí por el ritmo, el ritmo que está conectado por mis venas y amplificado por mis nervios, el latir de mi corazón.
Yo soy el músico del diablo, el que invoca a los que ya se fueron al frío eterno, el que llama a los muertos.
Después, sólo luz y dolor en la cara.

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La mancha que se ubicaba en la esquina derecha de la habitación de al lado

 

Cuento de hace tiempo que estaba perdido, ya lo acomode en el cuarto.

 

 

Ya han pasado 4 días, 6 horas y 34 minutos desde que le disparé en la cabeza en su habitación aquel domingo por la noche. He usado de todo para quitar la mancha de sangre que ha quedado impregnada en esa esquina, esa misma esquina donde me suplicó por su vida, pero en su defensa, no fue lo primero que hizo; primero abrió los ojos como si fueran platos, soltó la carcajada más fuerte que le escuché en su puta vida. Ella no lo podía creer, se le hacía una broma, una bien elaborada claro, ya que yo me había tomado la molestia de conseguir un “arma falsa con el único fin de asustarla”. Luego vino la realidad que se estrelló en su mirada. Yo no estaba carcajeándome y el arma no era “falsa”, mi mirada, mi postura y mi silencio acabaron al instante y de manera fatal con su risotada. Vinieron las lágrimas entonces, la súplica, la promesa; casi al final siempre viene la promesa.

Luego vino la ira, me maldijo a mí y a mis hijos que no habían nacido, a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas, a mis amantes, a mis amigos; solo le faltó maldecir a mi pequeño pez, que vive sin percatarse de todo esto en un pequeño castillo dentro de la pecera de la sala. Luego, fuego y ruido; un estallido y la estela de sangre, sesos y huesos que salieron disparados por la parte posterior de su cabeza incrustándose en la esquina derecha de la habitación de al lado, habitación en la cual vivía ella.

Luego silencio, nada más que silencio. Así fue durante la siguiente hora, la cual dedique a contemplarla. Estaba callada y sometida por la muerte, con la mirada apagada, el cuerpo desparramado y el cráneo escurriendo sangre. Tuve una erección, fuerte y dura como nunca en mi vida, duré duro toda la noche.

Deje el arma falsa en mi buró, donde suelo guardar todas mis armas falsas. Dormí 15 horas, llenas de sueños húmedos que se transformaban en campos llenos de flores con viento que soplaba al norte, con nubes que se movían como si escaparan de mí. Dormí como nunca, desperté con la mirada atrapada en lo que tenía que hacer, en lo que tenía que resolver:

El cuerpo y la mancha de sangre, sesos y huesos incrustados en la esquina derecha del cuarto de al lado.

El cuerpo fue algo sencillo, lo corté en partes y lo enterré en diferentes lugares. Mi familia tiene varias propiedades, una parte para cada propiedad, tampoco quería ser un flojo.

Su ropa, libros, discos, notas y demás tonterías que ocupaban un espacio en esa habitación fueron reducidos a cenizas. Luego di una caminata por el bosque y deposité un pequeño rocío de las mismas en cada árbol que encontraba cada 30 pasos.

Lo hice con gusto, mi sonrisa no se quitó durante todo el día.

Luego vino la mancha de sesos, sangre y huesos. Primero intenté quitarla con agua, luego con jabón, luego probé ese poderoso y novedoso detergente para ropa, luego lo intenté con vinagre y nada. La mancha seguía ahí, en esa misma esquina donde sus ojos gritaron y su boca parpadeo.

4 días, 6 horas y 34 minutos desde que esa mancha se alojó en esa esquina. 4 días, 6 horas y 34 minutos desde que esa mancha comenzó a crecer dentro de la habitación de al lado. He faltado al trabajo; las excusas al principio son fáciles, son creíbles, son justificables. Tengo ya dos botes de pintura color salmón, el mismo color de la habitación, no puedo solamente pintar esa esquina; tengo que pintar toda la habitación. Tengo que ser cuidadoso, tengo que ser minucioso.

No estoy durmiendo, no estoy comiendo, la mancha se burla de mí, se mofa de que trate de encargarme de ella, me demanda ser borrada de esta habitación, de esta casa, de esta ciudad.

Pero la mancha no cede a pesar de sus irónicas suplicas, a pesar de sus gritos burlones por ser exterminada crece, se propaga aun con la pintura encima, la pintura color salmón, la pintura del mismo color de esta habitación de al lado. Se expande dentro del cuarto, la observo y secretamente la admiro. Ya llegó al techo y a las otras paredes, se coló por el clóset y alcanzó el baño. La mancha de sesos, sangre y huesos se propaga por la habitación de al lado, ya no recuerdo qué tengo que hacer en mi trabajo, la última vez habían pasado 4 días, 6 horas y 34 minutos desde las promesas de quitar manchas, desde la pintura milagrosa y de alto costo. La mancha superó y se burló de todo eso, se mofó del fuego y del estruendo, acabó con el silencio.

La mancha no quiere parar, quiere expandirse, quiere ser parte innegable de este hogar. Llegó a la escalera y conquistó los cuartos vecinos, ahora tiene su mira en la sala, luego la cocina, está hambrienta de territorios. Está devorándolo todo.

Ya no abandono esta casa, ya no recuerdo el trabajo, mucho menos mis citas, la familia está preocupada o por lo menos así me lo hace saber la contestadora que está al lado del teléfono que junto con él no dejan de sonar, me buscan, pero ellos no saben que yo ya no estoy aquí. La mancha me atrapó, me hizo parte de ella, de su sangre, sus sesos y sus huesos, me llevó a ser parte de esta casa en donde retumba el silencio, que de vez en cuando es apagado por un disparo que se escucha cuando nadie pone atención.

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Tormentas

 

Puede parecer extraño, pero ahora, cuando estábamos sumidos en las fauces del abismo, me sentí más tranquilo que cuando veníamos acercándonos a él. Decidido a no abrigar ya ninguna esperanza, me libré de una buena parte del terror que al principio me había privado de mis fuerzas. Creo que fue la desesperación lo que templó mis nervios.

Descenso al Maelström de Edgar Allan Poe.

 

Siempre me han gustado las tormentas desde que era un niño. Una vez había una muy fuerte; rayos constantes, mucho viento y mucho estruendo en el cielo, una buena y gran tormenta. Me encontraba en la sala, en esa sala pasaba mucho tiempo, ahí estaban mis consolas de juegos y una gran televisión, también tenía una gran ventana que cubría toda la pared. Al ver la tormenta me subí al sillón y puse mis manos y mi cara pegadas al vidrio de la ventana. Estaba fascinado con la tormenta, la tormenta respondió a mi fascinación con un gran rayo que lo iluminó todo, a este rayo lo acompañó un gran estruendo que me tiró lejos de la ventana y del sillón, fui a parar al suelo asustado y temblando. Al día de hoy no sé si fue la impresión del rayo lo que me empujó lejos y con gran fuerza, o si en cambio fue la fuerza del rayo que cayó junto con el estruendo que retumbaron la ventana lo que me dejó en el suelo. Tenía cinco años en ese entonces.

También, cuando tenía cinco años mi padre comenzó a hablar de las tormentas y de las “otras” tormentas:

—Se viene una tormenta chacho —así me llamaba mi padre de niño— pero no de las tormentas que arrojan rayos, lluvia, viento y estruendos, hablo de los problemas. En la vida hay muchas tormentas, unas más fuertes y terribles que otras. Se me viene una tormenta muy fuerte, que quizá nos afecte a todos nosotros.

Yo no sabía en ese entonces que mi padre tenía problemas en su negocio, ignoraba completamente el concepto adulto de “problema” como cualquier niño. No lo entendía y estaba demasiado ocupado con mis juegos como para querer entenderlo. Pero si me di cuenta de algo, mi padre hablaba cada vez más de las tormentas y no de las que me gustaban. Más problemas y con cada plática acerca de las tormentas lo notaba más cansado, más irritado y más wiski servía a su vaso cuando llegaba del trabajo.

Hablaba de más tormentas que se venían al horizonte, más fuertes y más implacables, hablaba de ellas inclusive cuando el día era claro y soleado, cuando las nubes no se asomaban.

Cuando una tormenta azotaba la casa (de las que traen lluvia y estruendos) a mi padre le gustaba contemplarlas. Tomaba su vaso de wiski y abría la puerta principal de la casa, se recargaba en el marco de la puerta y contemplaba.

Al acercarme junto a él me decía:

—Qué bonito ¿no te parece chacho? —yo movía la cabeza afirmativamente, incapaz de mencionar palabra alguna— a las tormentas se les ve de frente, siempre de frente, no importa que tan grandes y estruendosas sean.

La casa de mis padres era muy sensible a las tormentas, el jardín se inundaba siempre; una ocasión un árbol grande, frondoso y viejo que estaba en la banqueta no pudo con una tormenta, se doblegó y cayó rendido en nuestra barda de piedra destrozándola. Nos quedamos sin luz y barda durante 5 días. Durante 5 días seguidos cenaba pizza, era la manera de mi padre de hacernos amena la semana sin luz a sus dos hijos adictos a la televisión y a los videojuegos. A mi padre nunca le gusto la pizza.

Cuando las tormentas caían por las noches, el caos se desataba. La cochera tenía una gran rampa y una pequeña e inservible coladera, cuando caía una tormenta la cochera se transformaba en una alberca de metro y medio. Entonces había que sacar los autos en medio de aquella inundación, mi padre nos levantaba frenético para ayudarle a mover los autos en la madrugada, adormilados y nerviosos enfrentábamos a la tormenta y salvábamos los autos. Ni uno, en todos esos años, se descompuso a causa de una tormenta. Fueron noches muy agitadas.

Pasaban los años y mi padre dejaba poco a poco de hablar, ya no platicaba, el silencio lo comenzó a gobernar, pero el vaso de wiski nunca lo abandonó. Mi madre entonces nos decía: “tu padre tiene muchos problemas, es mejor no molestarlo”.

Sabía que mi padre se encontraba nuevamente en medio de una tormenta, sus ojos reflejaban incertidumbre, miedo y en ocasiones terror, como el capitán de un barco que sabe que todo está perdido y había decidido hundirse con todo y embarcación.

Pasaron los años y yo estaba estrenando novia. En una ocasión salí de mi casa y observé que el cielo estaba muy nublado y se escuchaban estruendos, era julio época de tormentas. Salí a comprar una rosa y llevársela a mi novia (teníamos no más de 5 meses juntos y es un detalle obligado a los iniciados en las nuevas relaciones). Al adquirir dicha rosa la tormenta se vino encima, sin misericordia, acompañada de pequeñas piedras de hielo. Corrí, creo, como nunca en mi vida hacia la casa de mi novia (que para mi suerte vivía muy cerca de la mía) las calles se inundaron rápidamente, el viento sopló con mucha fuerza, protegí a toda costa la rosa durante mi trayecto. Llegué convertido en un estropajo humano a la casa de la susodicha y automáticamente fui proclamado héroe al momento de entregar la rosa y mostrar mi empapado estado. Enfrenté a la tormenta, de frente, era grande, sí, estruendosa y muy grande.

Pero en otras ocasiones no ocurrió lo mismo, la tormenta me daba pánico. Su estruendo me paralizaba e imaginaba el peor de los horrores si me quedaba atrapado en ella. La evitaba, me retiraba, huía de la tormenta, no la enfrentaba, era grande, sí, estruendosa y muy grande. En esas ocasiones también era gobernado por el silencio, evitaba a mi padre y él me evitaba a mí, nuestros silencios y nuestras tormentas nos alejaron.

Los años pasaron y las tormentas siguieron, unas más fuertes y terribles y otras no tanto. Pero nunca cesaron.

Mi padre continúa hablando de las tormentas aún en los días en los que el cielo está despejado; durante todos estos años para él no han cesado, tampoco el afán de mi padre de contemplarlas, tampoco el mío. Pero me pregunto hoy en día si mi padre cuando ve al cielo a lo lejos, lo único que puede contemplar ya, son sólo tormentas.

Yo hoy no veo tantas tormentas a lo lejos, por lo menos no ahora, el cielo está con algunas nubes, pero se alcanza a ver el sol.

 

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Pesadillas

 

 

De niño tenía las peores pesadillas. Mi madre solía contemplarme asustada, mientras mi pequeño cuerpo se retorcía y gritaba; sólo para despertarme cubierto de sudor y confundido, buscando su abrazo.

Las pesadillas van y vienen por temporadas, nunca permanecen. Soy uno de los pocos casos entre mis conocidos que tiene un muy buen sueño, no sufro de insomnio y duermo buenas horas (entre 7 y 8). Por mi horario de trabajo me acostumbré a acostarme temprano y despertarme temprano, aún los fines de semana mi cuerpo responde a esa costumbre.

Pero últimamente las pesadillas volvieron. Llevo dos semanas enfermo y con una tos del infierno, me levanto en la madrugada con ataques de tos, si logro controlarlos y volver a dormir es muy probable que tenga pesadillas. Haciendo de esas noches algo no muy grato.

Una de esas pesadillas consistía en que yo no tenía un esqueleto. Estaba tratando de dormir en mi cama y no lo conseguía, entonces, de manera violenta entraba mi Roomie al cuarto y se ponía a buscar frenéticamente algo en uno de los cajones de mi recámara. Yo saltaba de la cama molesto y al instante de poner un pie en el suelo, perdía mi esqueleto y me transformaba en una plasta de carne. Gemía de dolor y terror, mi Roomie me observaba aterrado pero sus manos seguían buscando ese “algo” en el cajón. Avanzaba cómo una plasta gelatinosa, retorciéndome en el suelo, lo sentía todo: como mis pulmones se aplastaban mutuamente, mis tripas se revolvían y mi corazón latía rápidamente amenazando con detenerse, mis ojos se hundían en mi cara gelatinosa y mi boca, junto con mis labios, se derretían en el suelo sin mencionar que mi cerebro aplastaba todo lo que se encontraba en el resto de mi cabeza.

Dolía, dolía mucho. Algo más pasaba fuera, en el pasillo que da a mí cuarto; se escuchaban gritos y alcanzaba a ver sombras, pero no distinguía de quien se trataban. Mi Roomie encontró lo que buscaba y salió del cuarto aterrado, los gritos continuaron, las sombras del pasillo danzaban con mucha violencia. De repente la luz se extinguió junto con los gritos, yo seguía siendo esa plasta de piel y órganos en el suelo, sentía que algo venía por mí, se aproximaba, pero no podía huir, era una plasta de carne. La pesadilla terminó y yo desperté sudando y tosiendo.

Recordé cuando era niño y tenía las peores pesadillas, pesadillas en las cuales, según recuerdo, algo me perseguía y yo no podía escapar. Lo que me perseguía cambiaba de forma, pero de eso ya hablaré en otra ocasión. De momento no espero que las pesadillas se vayan pronto, pero por lo menos sí esta maldita tos infernal.

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Una tumba y un gato que observa

 

El otro día escribí este cuento, pero creo que este es el lugar correcto para que se quede.

 

La lluvia no dejaba de caer, era implacable y parecía como si castigara aquellas dos figuras en medio de aquel viejo cementerio.

Un gato negro se había colocado encima de la tumba, no le importaba la fría lluvia. Sus amarillos ojos se clavaron en aquel par de hombres desde que empezaron a cavar, los tenía muy nerviosos. Ambos se preguntaban: ¿por qué el animal no se largaba?

Incluso uno de ellos intentó ahuyentarlo con la pala, pero fue inútil, el animal regresó en cuestión de segundos a su lugar, encima de aquella vieja tumba. El único testigo de lo que esos dos hombres hacían esa noche.

Cavaron y cavaron, a pesar de la lluvia, a pesar del gato negro y sus ojos amarillos. Cavaron y cavaron, a pesar de la noche, a pesar de que ellos sabían que cavaban la tumba de un hombre que en vida fue bueno. Ambos lo conocieron, ambos sabían que se trataba de un hombre rico.

“De seguro el traje con el cual lo sepultaron valdrá lo suficiente para pagar prostitutas y vino durante un par de días” es lo que pensaba uno.

“Joyas, lo debieron enterrar con alguna joya, sí, estoy seguro. Esta gente rica es absurda hasta con sus muertos” pensaba el otro.

El gato no se movía, tampoco la lluvia cesaba. Tocaron fondo, el ataúd estaba frente a ellos.

Uno de los hombres entró al agujero, el otro esperaba ansioso sosteniendo las dos palas, las herramientas de aquel crimen.

El que estaba abajo forcejeó un poco con el ataúd, este se notaba de buena calidad, pero estaba muy bien cerrado. El que estaba fuera del agujero comenzó a gritarle que se apurara, que no tenían tiempo que perder.

El ataúd cedió y se abrió. No había nada, no había cadáver, no había traje, no había joyas. Sólo oscuridad. Entonces el gato maulló y atrajo los truenos. El sujeto que abrió el ataúd notó algo en la oscuridad del sepulcro, algo que se movía e iba rápidamente por él, emitió un grito que silenció a la tormenta que los acosaba, el hombre fue jalado a la oscuridad de ese ataúd. El otro se llenó de horror y se mordió tan fuerte los dientes, que las encías comenzaron a sangrarle. Corrió, corrió lejos del gato, corrió lejos de las tumbas, lejos de los muertos, lejos de aquella oscuridad liberada de ese ataúd.

Sus ojos se iluminaron cuando estuvo a punto de llegar a la salida de aquel cementerio, sería libre, podría escapar, viviría por siempre aterrado de la oscuridad, pero viviría. O eso es lo que él pensaba.

Algo lo tomó de las piernas y tiró de él, algo con las manos heladas lo arrastró de vuelta a través del cementerio, algo lo regresaba al lugar de su crimen. El hombre chillaba y gritaba, el cielo se reía de él con sus estruendos y apagaba sus gritos.

La oscuridad lo atrapó junto con su compañero, los encerró a ambos dentro de ese ataúd, ese mismo ataúd que se cerró para siempre después de que aquel hombre emitiera su último grito pidiendo misericordia.

El gato encima de la tumba contemplo y fue testigo, luego se marchó junto con la lluvia.

Nadie volvió a ver a ese par de hombres, pero si vieron a un gato rondar por aquella tumba que encontraron abierta a la mañana siguiente. Nadie pudo abrir el ataúd, estaba completamente sellado.

El gato negro de ojos amarillos volvió a maullar y fue todo.

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¿Por qué volver?

 

 

La razón más valida que encuentro es la nostalgia por el pasado (sí, creo que hay varios tipos de nostalgia), ese pequeño fantasma que constantemente nos esta insinuando que todo tiempo pasado fue mejor, el presente apesta y hay que sentirse un tanto miserables por todo lo actual.

Este blog, mí blog, lleva abandonado desde 2012. Hoy cuatro años después hago una entrada.

¿Nostalgia entonces? Si, puede que sí. Eso y el retomar la escritura; para practicar, para darle significado a las palabras y al verbo “escribir”, para encontrar razones y para que lo lean a uno (razón universal del escritor o por lo menos una de las primarías).

Una novela después y en planes de varías más, aquí estoy de nuevo, es raro lo voy a admitir.

También admito que las viejas entradas (en especial las más antiguas) me dan algo de pena. Y estuve a punto de hacer una limpia y comenzar casi desde cero, se me hizo una grosería para conmigo mismo. Es cierto, las entradas viejas no son del todo buenas, no están bien redactadas y la ortografía es un desastre (lo siguen siendo, pero no al mismo nivel…quiero pensar) pero, es una estampa mía, quizá fea, pero estampa de quien fui y soy a final de cuentas.

Una vez en sesión con mi psicólogo hablábamos de por qué algunas personas guardan recuerdos dolorosos.

Me dijo:

“Algunos lo hacen para recordarles que ya no están tan jodidos, se vuelve un trofeo, por ejemplo: Aquel gordito que ya no es gordito, guarda sus pantalones talla 40 en su closet, ya no los necesita, pero de vez en cuando los saca y se los prueba, sólo para recordarse algo a sí mismo, donde estuvo, pero más importante donde ya no está ahora. Es un trofeo, un recuerdo de lo que no se tiene que olvidar”.

Mi psicólogo le atino aquel día y aunque hoy dentro del contexto del blog es algo quizá exagerado mi ejemplo, tiene algo de sentido. Aunque se me doble el estómago a veces, me gusta leer las entradas viejas y recordarme quien era, quien soy y quien puedo llegar a ser. Por lo menos en este asunto de las palabras.

Así es que, hola de nuevo cuarto negro.

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Farkas

 

La noche los crea y les da forma

La luna los bendice con pequeños y delicados besos cuando nacen

Corren cuando el camino esta frio, casi helado, muchas veces muerto

Retrataros, pinturas, cuentos, leyendas, mitos

Símbolos en escudos o en la piel

Bestias con hocicos llenos de sangre y con aliento a carne cruda

Niños que quieren ser amigos de homicidas

Representando vacios llenos de luciérnagas

Sin embargo, solo corren con los que olvidaron su nombre

Con los que viajan solo de noche

Con los que no despejan la mirada del suelo

Y solo ven las estrellas para conocerlas y despedirse de ellas

Corren porque olvidaron su nombre

 Y los de cuatro patas corren con ellos, porque la que los bendijo así lo quiso

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