La casa abandonada.

La casa abandonada.

Gabriel era un niño muy paciente para su corta edad, apenas tenía 8 años y sabía muy bien guardar la calma, esperar, aguardar al momento adecuado para actuar. Y eso hacía, solo, en su cuarto. Ya habían pasado varias horas desde que su madre lo mandó a dormir. Había hecho todo el numero para no levantar ninguna sospecha, primero se puso su pijama, luego se lavó sus dientes y dio sus oraciones, sabía que su madre de vez en cuando pasaba a checarlo a él y a su hermana. Gabriel no quería fallas en su plan de aquella noche. Se metió a la cama y fingió que dormía. Espero y espero hasta que la casa se sumió en un silencio absoluto, se levantó de la cama y puso sus pequeños pies en el suelo, se movió con mucho cuidado hacía la puerta, la abrió un poco, cuidando que no rechinara y no vio ninguna luz prendida en el largo pasillo, ninguna puerta abierta, era el momento.

Regresó a su cama y buscó debajo de ella su mochila, ya tenía todo empacado, todo lo necesario para la aventura de esa noche. Llevaba una linterna, una cuerda, su juguete favorito que era un robot que funcionaba con baterías, una pelota, un juego de mesa, un termo con agua y un sándwich que había preparado esa misma tarde, excusándose con su madre de que se había quedado con un poco de hambre después de la comida, su mamá solo arqueó la ceja y lo dejó preparar su sándwich. Gabriel se quitó su pijama y se puso sus tenis, sus pantalones de mezclilla y su playera favorita que tenía el logo de un superhéroe. Estaba listo, todo estaba listo.

Antes de partir, Gabriel retiró las cortinas de su ventana y la luz de la luna llena iluminó su habitación y pudo ver claramente su destino, la casa de enfrente. Esa casa donde vivía su amigo, quien ya lo saludaba frenéticamente desde la otra casa en una ventana que se encontraba en el piso superior. Gabriel solo podía ver la silueta de su amigo, él sabía que en aquella casa las luces nunca se encendían y por alguna extraña razón que Gabriel no entendía, la luz de la luna no iluminaba aquella casa. Pero bueno, no le dio importancia, hoy por fin conocería a su amigo, después de años de saludarse y de platicar con señas a través de sus ventanas, hoy jugarían juntos, estaba emocionado.

Gabriel salió a hurtadillas de su cuarto, cuidando cada paso que daba. Pasó al lado de la habitación de su hermana mayor, y por la luz que salía por debajo de su puerta, sabía que ella no estaba todavía dormida. Gabriel se puso muy nervioso. “De seguro ha de estar platicando con muchachos en su celular, qué pérdida de tiempo, tengo que ser muy cuidadoso” pensaba Gabriel. Al final del pasillo se encontraba la habitación de sus padres; pero estaba seguro de que por lo menos su padre ya dormía profundamente. El papá de Gabriel siempre llegaba de malas a la casa, refunfuñaba, cenaba y se iba directo a dormir, siempre estaba enojado, y se enojaba más cuando tenía que usar su celular, es cuando gritaba palabras que Gabriel no entendía. “Si tanto le enoja ir a trabajar ¿Por qué no cambia de trabajo? O mejor aún ¿Por qué no se queda en la casa a dormir y comer?” pensó Gabriel.

Su mamá a veces se quedaba abajo, en la sala, cuando todos dormían.

—Es mi momento de estar sola, Gabriel, de disfrutar del silencio de la casa, de mi casa. —Le decía su madre.

Pero Gabriel varías veces se escondía y observaba a su madre, la escuchaba llorar mientras se quedaba en la sala. Gabriel no sabía por qué lloraba, a veces quería bajar y darle un abrazo o alguno de sus dulces, pero él sabía que era el “espacio y tiempo de mamá” que lo que ella quería era estar sola, aunque fuera para llorar. Pero esta noche su madre no se encontraba en la sala, todo indicaba que se había ido a dormir. Gabriel bajó cautelosamente las escaleras, incluso, en ciertos escalones hasta aguantó la respiración. Ya abajo, buscó rápidamente en el cajón de las llaves, levantando una a una con mucho cuidado y encontró lo que buscaba, una copia de las llaves de la casa. Ya nada podría detenerlo. Estaba a minutos de una pijamada con su amigo. Pensó, que quizá hubiera preparado dos sándwiches en vez de uno, a su amigo le daría hambre, se sintió un poco culpable y se planteó con la posibilidad de preparar otro antes de irse, pero sería muy arriesgado.

—Si es necesario lo compartiré —Se dijo así mismo y abrió lentamente la puerta de su casa con la llave que había tomado del cajón y salió a la calle, adentrándose en la noche.

Pero al salir Gabriel se congeló por completo. La casa de enfrente estaba completamente rodeada por un humo blanco que él nunca había visto en su vida, “creo que le llaman niebla, lo he visto en algunas películas” pensó.

Gabriel sacó su linterna y la encendió, cruzó la calle con mucha cautela, sentía miedo y comenzaba a pensar en la seguridad que le daba su habitación por las noches. La calle estaba vacía, no había autos, no había gente, solo la casa de enfrente y la neblina, al adentrarse a través de ella Gabriel sintió mucho frío y se arrepintió de no traer un suéter.

Llegó a la pequeña y débil reja que rodeaba la casa, hecha con alambres y que a veces daba la sensación de que el mismo viento tiraría, a través de ella pudo ver el jardín y la pequeña alberca que tenía, alberca que ahora parecía un estanque con toda esa agua estancada y de color verde. La casa tenía algo muy peculiar que llamaba la atención de Gabriel, era como si se resistiera al tiempo, como si llevara ahí muchos años, antes de que Gabriel naciera o sus padres se mudarán a la que ahora es su casa, tal vez mucho antes de que sus padres se casaran o tal vez más. Las paredes tenían grietas y la pintura se caía, los ladrillos habían cambiado a un color mucho más opaco. Gabriel había visto como llegaban personas interesadas en la casa, familias incluso, pero ninguna se quedaba ahí, nadie la quería habitar, de vez en cuando los dueños llamaban a un jardinero para que aquello no se convirtiera en una selva, fuera de eso no arreglaban nada, no cambiaban nada de esa casa.

Gabriel iluminó con su linterna, su mano temblaba de frío y de miedo, pensaba en regresar a casa, pensaba en su cama y en el desayuno que le haría su madre al día siguiente, pero al estar observando ayudado con la luz de su linterna, vio a su amigo en una de las ventanas de la planta de abajo, saludándolo y brincando emocionado, eso provocó que Gabriel ya no tuviera dudas y comenzó a subir por aquella reja, pero cuál fue la sorpresa, que con el peso de Gabriel la reja cedió por completo y provocó que cayera al otro lado de la casa, dándose un buen golpe contra el pasto. No fue grave la caída, a Gabriel no le dolió nada y ya en el suelo comenzó a reírse.

Sin perder tiempo se levantó y se dirigió a la entrada y antes de tocar la puerta, esta se abrió haciendo un pequeño rechinido. La casa lo recibió con oscuridad, era difícil ver en el interior y nuevamente la duda volvió a asaltar al pequeño Gabriel. Él estaba seguro de que algo iba a ocurrir cuando cruzara aquella puerta, cuando se adentrará a aquella casa. Gabriel retrocedió un poco, pero al hacerlo algo lo jaló dentro de aquella oscuridad, lo hizo con tanta fuerza que sintió que volaba.

Gabriel despertó y se sentía raro, se encontraba en el recibidor de la casa y se dio cuenta, que adentro, todas las luces estaban encendidas; había muebles, alfombras y cortinas muy bien cuidadas, todo estaba limpio, parecía una casa casi normal, como la de cualquier familia. Una pequeña mano lo ayudó a levantarse, era su amigo, quien se veía muy pálido y vestía con ropa que Gabriel nunca había visto en su vida, ropa rara, vieja, de otra época, pero en buen estado. Su amigo le dedicó una gran sonrisa y Gabriel le regreso la sonrisa, ambos niños rieron. Gabriel sacó sus juguetes, su juego de mesa y su amigo los observó maravillado, comenzaron a correr, a perseguirse mutuamente por las escaleras y los pasillos, la casa se inundó de risas. La oscuridad se había ido.

Subieron a la planta de arriba y Gabriel miró por la ventana donde siempre lo saludaba su amigo y pudo ver su casa, entonces recordó el sándwich que había preparado para la ocasión, pero al sacarlo de la mochila algo extraño sucedió. El sándwich parecía echado a perder, había moho en el pan, el jamón tenía un color amarillo y olía muy mal, Gabriel, asqueado, lo dejó caer al piso y volvió a mirar por la ventana. Vio su casa y la sintió lejana, algo estaba mal, como si hubiera perdido color. Desde la ventana pudo ver su habitación, y ahí estaba su madre usando un vestido de color negro, llorando, sentada en la cama de Gabriel.

Gabriel comenzó a gritar por su madre, golpeó la ventana con mucha fuerza, tanto, que los cristales parecían a punto de romperse, pero eso no sucedió. Su madre se puso de pie y miró a través de la ventana, Gabriel se emocionó, pensó que ella por fin lo había visto, lo había escuchado, su madre dejaría entonces de llorar, dejaría de usar ese vestido negro que le daba mucha tristeza a Gabriel, pero su madre no lo vio, tampoco lo escuchó.

Ella dio un gran suspiro y cerró las cortinas de aquella ventana, de aquella habitación que había pertenecido a él, donde hasta hace poco, Gabriel saludaba al niño de aquella casa abandonada.

Un ruido sacudió por completo la casa, fue el azote de la puerta de la entrada que se había mantenido abierta hasta ese momento. Y fue ahí, cuando Gabriel entendió que la puerta de esa casa se había cerrado para siempre.

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