Aguja

Aguja

El sueño era muy profundo; sentía como si mi cuerpo flotara en un mar negro, donde no había nada, no había imágenes distorsionadas, no había sonidos, no había malos recuerdos. Estaba sumergido en la oscuridad y me gustaba. Me fui a dormir cansado, agotado, en cuanto entré a la cama y apagué la luz me entregué a la oscuridad, hasta que ocurrió.

Fue como si una aguja se clavara profundamente en mi ojo izquierdo, fue tanto el dolor que desperté gritando y lleno de sudor. Mi mano se dirigió a mi ojo, frotándolo y cubriéndolo con la esperanza de remover lo que fuera que me había provocado semejante despertar. Busqué torpemente el interruptor de la lámpara del buró tirando al piso un vaso de agua, mi celular y mis lentes. La luz me caló, pero poco a poco traté de abrir mi ojo izquierdo y todo estaba bien, la sensación de dolor desapareció y podía ver sin ningún problema. Atontado, recogí el vaso y me molesté por el agua derramada sobre el piso, tomé mis lentes junto con el celular, chequé ambos por si tenían algún daño, nada afortunadamente.

Revisé la hora: 2:59 A.M.

Recordé que la alarma estaba puesta a las 6 de la mañana, Erika pasaría por mí, refunfuñé por las pocas horas de sueño que me quedaban.

Mi mirada recorrió la habitación mientras me planteaba la posibilidad de ir al baño antes de volver a dormir y ahí fue cuando me di cuenta de su presencia.

Estaba sentada en una silla junto a la ventana, vestía completamente de negro, su vestido parecía viejo, lleno de manchas y polvo, mangas largas y una falda que le cubría por completo las piernas. El cabello recogido y negro, con la mirada clavada en una aguja que atravesaba una tela la cual movía con mucha destreza, estaba tejiendo. Sentí como el corazón se me hizo pequeño y un frío gélido recorrió mi cuerpo paralizándolo por completo. Abría y cerraba constantemente los ojos con la esperanza que aquella visión, aquella mujer que tejía en mi habitación, desapareciera. Pero no se iba, no pasaba nada, ella seguía ahí concentrada en su aguja, en su hilo y su bordado. No sé de dónde encontré la fuerza para hablar, pero lo hice.

—¿Quién es usted? ¿Cómo entró en mi habitación?

Al decir esto busqué cualquier indicio de que no fuera mi habitación, de que estuviera en otro lugar. Pero no era así, era mi cuarto, mi casa.

—¡Oiga, oiga le estoy hablando! Voy a llamar a la policía.

¿De dónde saqué fuerza para amenazarla? Solo dios lo sabe.

Entonces, ella dejó de tejer y lentamente alzó la cabeza y la giró hacia mí. Su cara era la de una mujer adulta, entrando en sus 50 años, sus labios estaban resecos, tanto que había pellejo colgando de ellos, su nariz muy pequeña y achatada, sus ojos negros y apagados. Pero había algo muy inusual en su ojo izquierdo, era ligeramente más grande que el derecho, tanto, que comenzó a provocarme mucha aversión. Más que el hecho de que una mujer fantasmal se encontrará a mitad de la noche tejiendo en mi habitación.

—Por favor, váyase de aquí, déjeme en paz.

Mi voz se quebró y comencé a llorar. Pensaba que esto era todo, que era el fin. La muerte me había encontrado en mis sueños y se había manifestado, el corazón se me detendría, mi cuerpo quedaría aquí durante días antes de que alguien pudiera encontrarme. Lleno de gusanos, lleno de moscas y descompuesto por el tiempo.

—No, por favor, así no. No quiero irme así.

Lloraba como un niño; la mujer no decía nada, me observaba, atenta y curiosa, pero ese ojo extraño que tenía no se quedó quieto, se hizo cada vez más grande. Tan grande que comenzó a ocupar toda su espantosa cara, desplazó al otro ojo, a la nariz, a la boca hacia un costado de su cuello, era como si se desparramaran por su piel, hasta que lo único que gobernó su cara fue su gran ojo izquierdo que me observaba atento, mientras sus enormes pestañas se movían como lombrices. Grité como nunca en mi vida lo había hecho, estaba seguro de que iba a morir, lo deseaba, deseaba desaparecer y no volver a ver a esa mujer. De pronto, volví a sentir una punzada en mi ojo izquierdo, como si una aguja me atravesara la pupila y se enterrara hasta lo más profundo.

Y desperté.

Estaba empapado en sudor y con un dolor en mi ojo izquierdo. Corrí hacía el baño y vi mi reflejo en el espejo, mi ojo estaba bien y la horrenda sensación desapareció. La luz de la mañana se filtraba por las ventanas, el despertador comenzó a sonar. Y en un suspiro dejé toda esa noche atrás.

Me alisté para irme al trabajo, me bañé, me vestí, desayuné. Y la imagen de aquella mujer tejiendo en mi habitación no volvió durante mi ritual. Mi celular sonó, era la llamada que esperaba, era Erika. Contesté.

—Hola, buenos días, ya estoy aquí afuera.

—No tardo en salir —Le respondí.

Erika y yo habíamos quedado en sortear los días para ir en auto al trabajo, vivíamos relativamente cerca y ahorrar gasolina no estaba de más.

Salí de mi casa, cerrando bien hasta el último seguro y subí al auto que ya me esperaba en la calle.

—¿Qué tal la noche? —Me preguntó.

—Tuve una pesadilla, fue horrible.

—Nada como una buena historia de terror antes de ir al trabajo, por favor, cuéntame todos los detalles —Me dijo entusiasmada.

Al comenzar a contarle sobre aquella mujer tejiendo, noté algo curioso, su ojo izquierdo era ligeramente más grande que el derecho.

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