La mujer alta.

La mujer alta.

Sebastián llevaba tres horas manejando en la carretera. Había salido de su casa exactamente a las 6:40 de la mañana, no desayunó, tampoco se tomó un café. Pensaba hacerlo en alguna parada oportuna en la carretera, pero ya había pasado varios restaurantes y en ninguno se había detenido. Quería llegar lo más pronto posible.

Sebastián estaba huyendo, pero él no lo sabía.

A través del parabrisas, a lo lejos, pudo distinguir nubes de color gris extendiéndose a través de la montaña. Era una tormenta y le ponía nervioso la idea de manejar en carretera con lluvia, la lluvia siempre lo ponía ansioso y de malas. Sin remedio decidió estacionar el auto en la próxima gasolinera y esperara un poco. No tardó 20 minutos cuando dio con una.

Justo al detenerse y bajarse del auto las gotas comenzaron a caer. Sebastián corrió apurado guardando sus llaves y su celular en el pantalón. Maldijo un poco al entrar a la tienda que estaba al lado de la gasolinería, una de esas tiendas típicas de carretera, donde todo cuesta el doble.

Al entrar se percató de que era el único cliente y comenzó a rascar de manera incisiva su muñeca izquierda, no tenía un piquete de algún mosquito, mucho menos una alergia. No había nadie, ni siquiera los típicos choferes de tráiler que asaltan la máquina de café estaban ahí. Sólo la encargada, una señora que pasaba los 50 años que leía desinteresadamente el periódico en el mostrador. Sebastián se pasó la mano por la cara quitándose las pequeñas gotas de agua que habían logrado alcanzar. Después, sacó su celular y vio la pantalla: 4 llamadas perdidas y 12 mensajes es lo que mostraba el aparato. Sebastián suspiró fuertemente, desbloqueó la pantalla y vio los números conocidos y los mensajes de reclamo. Decidió escoger un número y marcar de mala gana. El tono no tardó en desaparecer para ser sustituido por la voz de una mujer quien ya sonaba alterada.

—Carajo Sebastián. ¿Es qué neta no tienes madre?

—Buenos días, Erika.

—Vete a la chingada con tu “buenos días” ¿Dónde putas estás?

—En la carretera.

—Chingas a tu madre Sebastián. ¿Neta en la carretera?

Sebastián estaba harto, pensaba colgarle la llamada a Erika, pero no tenía el valor para hacerlo, una vez que lo arrinconaban no podía salir huyendo. Sebastián se sujetó con los dedos el tabique de la nariz, la cabeza le comenzó a palpitar.

—Sí Erika, en la carretera. Ya habíamos acordado que este fin yo saldría de la ciudad, nos habíamos turnado durante todo el mes, todos lo hicimos. Tú, yo, Rodolfo y el imbécil de Raúl.

—Claro que lo recuerdo bien Sebastián. Pero ayer Claudia entró en terapia intensiva, y sabes perfectamente lo que le puede ocurrir.

—No, basta. Ustedes, todos ustedes están exagerando, yo necesito esto. Ella estará ahí para cuando yo vuelva como a estado desde que le detectaron esa chingadera hace un año ¡Un año Erika! Así es que no me chingues, estoy agotado, estoy cansado.

Hubo una pausa, la señora que estaba en el mostrador ya no tenía su atención en el periódico, se encontraba atenta a Sebastián y su drama telefónico. Afuera, la lluvia continuaba y Sebastián no sabía dónde ocultar la cara, si en la sección de botanas o en la de pan dulce de la tienda. Erika continuó la discusión en un tono conciliador.

—Sebastián, todos estamos agotados, heridos y exhaustos. Ella te necesita, yo te necesito y los demás también. Incluso Raúl.

Sebastián no supo qué responder, su mirada se fue hacia la lluvia que seguía azotando la carretera, luego alzó su cabeza y cerró los ojos, dio otro suspiro. El teléfono continuaba al lado de su oído, por lo cual Erika escuchó el latente desasosiego de Sebastián. La señora del mostrador esperó, sin vergüenza alguna, la respuesta.

—Nos vemos el lunes, Erika.

Sebastián escuchó los gritos de reclamo de Erika antes de colgar, pero no le importó. Fue a la máquina de café y se sirvió uno, tomó una dona con glaseado de chocolate, fue al mostrador y preguntó de forma golpeada:

—¿Cuánto es?

La señora de la caja salió de su estupor.

—Son 50 pesos.

Sebastián sacó el billete más chico que tenía, uno de doscientos y se lo entregó a la señora. Esta le hizo mala cara, pues al parecer no había vendido nada y no tenía mucho cambio. La señora metió la mano debajo del mostrador y sacó su bolso con la esperanza de encontrar cambio. Sebastián quien ya estaba molesto se giró de espaldas al mostrador y al hacerlo pudo ver como la puerta de la tienda ya se estaba cerrando y escuchó un par de risillas.

Sebastián sostenía su café, mientras con la mirada buscaba al par de niños que acababan de entrar a la tienda. Escuchó las risas que provenían detrás del anaquel de chocolates y alcanzó a notar dos diminutas cabezas que se asomaban y cuchicheaban felices.

—Su cambio —le dijo la señora con tono de fastidio.

Sebastián se giró de nuevo, tomó su dinero y la dona que había dejado en el mostrador, se dirigió a la puerta. Afuera la tormenta no cesaba, se detuvo y maldijo.

—Puta madre —le dio un trago a su café, que era terrible por cierto y se perdió entre las diminutas pisadas de la entrada, marcas de pies enlodados.

Sebastián volteó, vio a la mujer que regresaba a su periódico, pero distinguió a dos niñas descalzas al lado del mostrador que ya tenían la mirada clavada en él. Sostenían un montón de dulces con ambas manos. Sebastián les regresó la sonrisa y por un instante su molestia y su dilema se fueron. Pero el momento se esfumó rápidamente, el teléfono sonó, era Erika de nuevo. Sebastián sacó su celular de la bolsa del pantalón y vio en la pantalla el nombre de su amiga, canceló la llamada y apagó el celular y justo antes de maldecir de nuevo, sintió un leve tirón en el pantalón. Era una de las niñas que sostenía muy alegre su botín. Sebastián la miró intrigado y la niña le dijo:

—Este no es un final.

Las dos niñas abrieron la puerta y salieron corriendo hacia la lluvia. Sebastián se quedó confundido y preocupado mientras las veía correr y alejarse. Las niñas cruzaron la carretera dando brincos, mojándose en la lluvia y riéndose. Sebastián salió de la tienda, comenzó a gritar como histérico hacia las niñas. Ellas cruzaron los dos carriles y llegaron al otro extremo, donde los árboles y la vegetación se extendían. Una de ellas se frenó, la otra corrió y se perdió entre los árboles, la niña que se detuvo volteó a ver Sebastián, su sonrisa ahí seguía, ella abrió la boca, decía algo, pero Sebastián no podía escuchar nada, pero le pareció que se trataba de la misma frase que le dijo al salir de la tienda.

—Este no es un final —dijo Sebastián en voz alta.

Al decir esas palabras, una figura alta y con unos brazos anormalmente largos salió de entre los árboles, vestía de blanco, con una cabellera negra que le llegaba hasta debajo de la cintura y le tapaba parte de la cara. Una mujer que, al lado de la niña, se veía monstruosamente alta. Llevaba los brazos vendados y algunas de esas vendas le colgaban de ambas extremidades. Estaba descalza pero los pies los tenía negros como carbón. Puso una de sus manos sobre la niña y con la otro saludó a Sebastián, ambas manos eran desproporcionadas y enormes. Por reflejo Sebastián volteó atrás suyo y rezó porque aquella mujer saludara a alguien más, pero no había nadie, estaba solo afuera de la tienda, debajo de la lluvia, empapado, sosteniendo un café en una mano y en otra una dona arruinada por el agua. Sebastián apretó los dientes, se le tensó el rostro y tuvo un impulso tremendo de subirse a su auto y salir lo más rápido que podía de aquel lugar, pero antes de mover una de sus piernas, la niña y la mujer habían desaparecido. Se perdieron entre la lluvia, los árboles y la carretera.

Sebastián entró rápidamente a su auto y puso el café torpemente en el portavaso, tirando un poco debido a que no podía controlar el temblor de sus manos. La dona la arrojó en una bolsa de papel que encontró debajo del asiento, la dona estaba arruinada junto con su apetito. Encendió el auto, echó dos miradas; una a la tienda en donde seguía aquella señora con su periódico y otra hacia el lugar donde vio a esa niña desaparecer junto a la mujer alta, no había nadie. Ignoró la lluvia, ignoró la llamada de Erika y el delicado estado en el que se encontraba Claudia. Manejó durante las siguientes tres horas, atento al retrovisor, viendo continuamente los alrededores de la carretera y observando con mucha atención detrás de los árboles y la maleza verde que se extendía a lo largo y a los lados del camino. No encendió la radio, no puso música ni prendió de nuevo el celular, sólo la lluvia golpeando de manera sistemática el techo de su auto lo acompañó durante el resto del viaje.

De vez en cuando, se le escapó aquella frase de sus labios y se estremecía al escucharse así mismo decirla.

—Este no es un final.

***********

Sebastián no podía bajar de su auto. Estaba estacionado frente a la puerta que no era más que una valla resguardada por un candado. Sujetaba las llaves. Llevaba así 20 minutos.

Todo le vino de golpe. Claudia y su enfermedad, Claudia en terapia intensiva, Erika y sus reclamos, la pelea con Raúl y la distancia que había crecido entre ambos durante los últimos años. Por último, estaba el encuentro con aquellas dos niñas y aquella mujer en la carretera hace pocas horas. Estar aquí también le pesaba, pero no podía estar en otro lugar, debía de estar aquí. La cabaña de su familia, ese lugar donde su padre, su madre y sus hermanos venían de vacaciones en verano, ese lugar que tenían abandonado ya durante más de 7 años.

Las manos de Sebastián comenzaron a temblar, dejó caer las llaves de la reja y estampó su cara contra el volante. Sebastián se rompió; su cara se comprimió en llanto y gritos, se sacudió en su asiento y en repetidas ocasiones volvió a estrellar su rostro contra el volante. El cielo continuaba gris pero ahora solo caían unas pocas y débiles gotas de lluvia. Sebastián bajó del auto y su pie se hundió en un charco de lodo, no le importó. Quitó el candado, abrió la reja, regresó a su auto con los pies llenos de lodo, ensucio el tapete, pero tampoco le importó. Manejó a través de la entrada y notó como el pequeño y angosto camino había sido invadido por la vegetación. Casi no se podía pasar y en unos meses más sería imposible hacerlo. El tiempo había pasado por aquí y a Sebastián le molestaba. Condujo alrededor de 7 minutos, había olvidado lo grande del terreno, la propiedad de sus padres no se limitaba solo a la cabaña. De niño era muy común que él y sus hermanos se llegarán a extraviar, asunto que ponía muy nerviosos a sus padres y se la pensaban más de dos veces en traer a los niños a vacacionar a la cabaña, sin embargo, sucumbían ante las suplicas de Sebastián y sus hermanos. Era un lugar tranquilo, ahora es un lugar abandonado. Sólo el viejo Rafael seguía cuidando el terreno, el padre de Sebastián quedó en avisarle que pasaría un par de días aquí y mientras conducía, a lo lejos pudo notar ya la cabaña y al viejo esperándolo en la entrada.

Sebastián detuvo el auto, lo apagó, buscó las llaves de la cabaña y prendió su celular de nuevo. Al bajar del auto miró hacia ambos lados y detrás de él, seguía inquieto.

—¡Muchacho que pinche grandote estás! —gritó efusivamente el viejo Rafael.

—Don Rafael buenas tardes, pues sí, ya son varios años oiga.

—Ni me lo digas, creo que no te veía desde que eras un pinche escuincle. ¿Cómo están tus hermanos?

—Todos bien, mis padres les manda saludos. Por cierto, también me dijeron que le entregara esto.

Sebastián sacó dinero de su bolsa y se lo entregó al anciano. Al tenerlo más cerca Sebastián se dio cuenta de que Rafael se había vuelto más pequeño a como lo recordaba, había más arrugas y ahora todo su cabello era gris. Sebastián se impresionó mucho y Rafael lo notó.

—Pues los años pasan y chingan Sebastián. Mírate tú, por ejemplo, no te ves jodido como yo, pero ya estás para formar familia. Oye gracias por el dinero, aunque no era necesario, tus padres ya me pagan lo de cada mes.

Sebastián no pudo responder, se sintió incómodo.

El viejo sacó entonces un puñado de llaves y comenzó a buscar. Sebastián inspeccionaba a través de las ventanas el estado de la casa. No podía ver mucho, ya era tarde y las nubes cubriéndolo todo no ayudaban mucho a la vista. Distinguía la silueta de los muebles, los sillones y la vieja cocina donde desayunaba con sus hermanos. Al fondo notaba la chimenea y la sala, su mente se vio asaltada por muchos recuerdos que lo abrumaron. Pero notó algo raro, al lado de la chimenea había algo, algo que no pertenecía a la cabaña, algo nuevo, algo alto.

El corazón de Sebastián se aceleró y escuchó que la puerta cedía al fin. Sebastián se adelantó y abrió la puerta sorprendiendo al viejo. Con su celular activó la linterna y la dirigió inmediatamente hacia la chimenea. No había nada, sólo polvo y muebles.

—Sebastián ¿estás bien?

Sebastián se sintió ridículo, víctima del estrés y el agotamiento, el pesar y la culpa.

—Sí don Rafa, pensé ver algo, eso fue todo.

—Nadie ha entrado a la cabaña más que yo. He tenido que correr a vagos, muchachos que buscan el escondite para una borrachera y una que otra vaca perdida, pero todo eso en el terreno. Nadie dentro de la cabaña, me habría dado cuenta.

—Sí gracias, es solo que estoy cansado.

—Ya mañana te sentirás mejor y dejaras de ver fantasmas, aunque el mal tiempo parece que seguirá.

El viejo se fue y Sebastián subió el interruptor principal de la luz, quitó algunas sabanas de los muebles y recorrió el lugar que apestaba a melancolía. Él tenía la idea de venir desde tiempo atrás, mucho tiempo atrás, pensaba venir con Claudia cuando todavía estaban juntos y mostrarle donde solía jugar cuando era un niño. Ahora era imposible, sería imposible hacer cualquier viaje junto a Claudia.

¡No! Él no tenía que pensar en eso, vino aquí precisamente a alejarse de todo ese dolor.

Sebastián volvió al auto y bajó su maleta, se puso una chamarra y salió a caminar. La noche estaba por llegar.

Bajó por el camino rumbo al pueblo, esquivó charcos de agua y mientras caminaba rascó incesantemente su muñeca izquierda de nuevo, lo hizo hasta llegar a la tienda. Tenía hambre y ganas de emborracharse, de borrarse por completo. De nuevo, al llegar a la tienda, miró para ambos lados y hacia atrás. No había niños cerca.

Se sintió ridículo de nuevo.

Compró tres paquetes de cerveza y botanas, en la tienda pidió que le prepararán un sándwich. Al salir comenzó a comerlo mientras caminaba, con la mirada clavada en el suelo de piedra de aquel lugar. La boca llena de pan, jamón y mayonesa, cebolla y un par de rodajas de jitomate. No le sabía a nada en especial, es como si hubiera perdido ciertas sensaciones. Se sentía entumecido.

Llegó hasta la plaza de aquel pueblo, se sentó en una banca y abrió una de sus tantas cervezas. Hacía un poco de frío, y aparte de la culpa era una de las cosas que todavía sentía Sebastián, frío. Se empinó la cerveza como si se tratara de un vaso de agua. Abrió otra y repitió la operación, se dio cuenta que su celular no paraba de vibrar. No lo contestó, de seguro se trataba de Erika. El viejo Rafael ya debió de contactar a sus padres para avisarle que había llegado y que se encontraba bien. Los padres de Sebastián sabían por lo que pasaba su hijo; no estuvieron de acuerdo en que hiciera ese viaje en este momento, nadie estaba de acuerdo, pero tampoco nadie podía detener a Sebastián.

Había una fuente frente a él, al lado varias bancas, una tenía una pareja de adolescentes que andaban cariñosos a pesar del clima, en otra un anciano sosteniendo un bastón quien tenía la vista perdida. Nadie más. No niños, ni mujeres anormalmente altas.

Había dejado atrás muchas cosas, había dejado ese encuentro con esas niñas en la tienda en la carretera y esa visión horrible que tuvo de aquella mujer. Pero sobre todo había dejado atrás el dolor, la impotencia y la frustración de no poder hacer nada, de ser un espectador mientras Claudia, la que fue en su momento el amor de su vida, se marchitaba. Moría.

Destapó otra lata de cerveza y se la empinó. Se puso de pie y comenzó a caminar, arrastrando los pies hacia a la cabaña. Destapó en el camino una cerveza más.

De nuevo charcos, lodo y una subida en el camino que se veía complicada por la sensación de mareo gracias a las cervezas. Tropezó varias veces, maldijo otras tantas. Se detuvo frente a su cabaña. La puerta estaba abierta y con la poca luz que quedaba y estaba por extinguirse, vio pisadas de pequeños pies por todos lados. Dejó caer la bolsa con las cervezas y comenzó a reír nerviosamente, también se asomaron unas lágrimas por sus ojos.

***********

La lluvia volvió.

Su cuerpo comenzó a moverse sin que él lo quisiera. Caminó hacia la cabaña y mientras lo hacía pasaron dos cosas.

Al avanzar notaba que dentro de la casa se escuchaban cuchicheos y risas de niños y niñas, eso provocó que se helará la nuca y el corazón se le acelerara.

La otra cosa que sucedió es que comenzó a recordar la voz de Claudia. Una Claudia de hace muchos años, una Claudia enamorada y sin cáncer, una Claudia que corría y reía, que desafiaba al viento con su largo cabello sin que se le enredara. Escuchó también su propia voz, una conversación enterrada dentro de él que emergió mientras se dirigía hacia la oscuridad.

—Sebastián ¿Eres feliz? —dijo Claudia mientras colocaba su cabeza en el pecho de Sebastián.

—Uh… ¿te refieres a que si soy feliz contigo?

—No, no me refiero a eso. Se que estamos juntos y todo va bien ¿Pero tú puedes decir que eres feliz?

—¿A qué viene semejante pregunta? —Sebastián miraba las aspas del ventilador del techo que giraban a la misma velocidad mientras con sus manos jugaba con el largo cabello de Claudia.

—Sólo quiero saber.

—Pues, no sé. Supongo que sí, lo soy.

—¿Así nada más?

—¿Esperabas una respuesta más elaborada?

—Quizás.

—Lamento decepcionarte.

—Bueno, otra: ¿A qué le temes? Y me refiero a aquello con lo que tu cabeza ni siquiera puede lidiar al pensarlo.

Sebastián dejó de ver el ventilador en el techo, también dejó de juguetear con el cabello de Claudia. Su cuerpo se puso rígido, Claudia lo notó y se levantó extrañada mirando muy atenta a su novio.

—Le temo a la oscuridad. A una oscuridad tan densa que no pueda encontrarme, ni reconocerme, ni escucharme. A una oscuridad tan pesada que no pueda gritar, que me silencie. Le temo a no poder encontrarte, no poder verte, aunque te tuviera frente a mí.

Claudia no pudo decir nada, la respuesta la tomó por sorpresa.

—Una oscuridad que me haga perderme para siempre.

—Wow Sebastián, lograste asustarme un poco, pero solo un poco ehhhh —Claudia golpeó delicadamente el pecho de Sebastián haciendo que este se levantara con una sonrisa en su cara.

—Bueno, pensé que esto de las preguntas iba en serio.

—Es muy en serio Sebastián. Oye, por cierto, Raúl me invitó a tomarme un café, quiere platicar.

—¿Y eso?

—Pues ya sabes, la ha tenido muy difícil últimamente.

—Bueno, está bien. Solo se me hace raro que no quiera platicar con los dos, somos sus amigos.

—Bueno ya, algo tendrá que decirme. No te pongas pesado por favor, tu lo dijiste, es nuestro amigo.

—Claro, claro, es nuestro amigo.

Las voces y el recuerdo desaparecieron, la calidez de aquel momento con Claudia se esfumó y Sebastián se encontró con de golpe con el frío y la lluvia. Sebastián estaba escurriendo agua cuando entró a la cabaña. Lo primero que notó fueron las pisadas en el suelo, pequeños pies inundaban el lugar. Había risas sin rostro por la cabaña, se estaban escondiendo de él. Sebastián no podía hablar, su boca no le respondía. Trataba de esforzarse, de encontrar un sentido lógico a lo que pasaba, pero no podía.

Pasó por la cocina y luego llegó a la sala. Comenzó a tallar frenéticamente su muñeca de nuevo. Escuchó el correteó de pequeños pasos por el lugar, pequeñas manos rozaron sus piernas, se estremeció. No aguantaba más, tenía que tomar las llaves del auto y salir de ahí. Se giró y trató de llevar a cabo su plan, pero un grupo de niños y niñas descalzos custodiaban la puerta, todos le sonreían.

El celular de Sebastián comenzó a vibrar. Sin despegar la mirada de los niños contestó la llamada.

Del otro lado de la línea se escuchaba un llanto frenético, Sebastián no podía entender nada, pero tampoco podía hablar. Se trataba de Erika. Los niños poco a poco fueron saliendo de la cabaña sin dejar de mirarle, sin dejar de sonreírle.

Sebastián avanzó junto con los niños, sin despegar el teléfono de su oído. Erika seguía llorando histérica y gritando el nombre de Claudia. Sebastián ya sabía lo que ocurría del otro lado de la línea. Claudia había muerto. 

Al salir vio a niños y niñas, eran mucho más de los que había imaginado y escuchado dentro de la cabaña. De seguro habían salido de los alrededores. Sebastián volvió a sentir las gotas de lluvia golpeando su cabeza. En el centro de todo aquello estaba ella, la mujer alta, quien de sus manos era guiada por las dos niñas que había visto en la tienda de la carretera.

La mujer alta, con los pies descalzos color carbón, con las manos y sus dedos largos, con su cabello enorme y alborotado que llegaba hasta sus rodillas gimió y de su boca salió humo negro. Su gemido parecía el de un animal herido.

Sebastián no dejaba de temblar frente a ella. Erika seguía gritando en el teléfono y Sebastián por fin pudo escuchar algo con claridad.

—¡Tienes que regresar Sebastián!

Luego Erika colgó y el dejó caer su celular a la tierra mojada. La mujer alta se movía hacia él y mientras lo hacía removió un poco su cabello revelando unos enormes ojos negros y en el centro de ellos, un pequeño brillo color verde se asomaba. Sus labios se enroscaban en su gran y deforme boca, la cual abrió revelando colmillos largos y puntiagudos pero regados en su mandíbula como estacas mal clavadas.

Sebastián no pudo más, sus piernas le dejaron de responder y se fue al suelo. Comenzó a llorar.

Una de las niñas, la que le había dicho aquella frase en la tienda, se acercó a él y le tocó tiernamente la frente.

—Este no es un final —le dijo de nuevo.

La niña regresó y se colocó frente a la mujer alta, ella la tomó con sus grandes manos y la elevó hasta su espantoso rostro. La niña volteó con Sebastián y se despidió de él con una sonrisa. La mujer alta masticó primero el rostro de la niña, un charco de sangre cayó en el suelo salpicando a Sebastián, quien gritó entre lágrimas, suplicando que se detuviera. La mujer alta siguió comiendo. Se tragó el resto de la cabeza, separó los brazos como si se trataran de ramas débiles pegadas a un tronco pequeño. Luego, la sostuvo de los pies y separó ambas piernas hasta reventar a la niña en dos partes, se escucharon los pequeños huesos romperse, la carne crujir. La mujer alta terminó de comer, engullendo ambas piezas de la niña como si se tratara de un halcón de caza devorando ratones. Su grotesco cuello se deformaba conforme tragaba las partes de lo que momentos atrás debió ser la hija de alguien.

Sebastián no pudo más. Estaba frenético, lloraba y gritaba de horror, pensaba que ahí terminaría todo, moriría, pero antes de que la oscuridad lo devorara, se volvería loco.

Pero eso no ocurrió.

Los niños se comenzaron a alejar, tomaron a la mujer alta de las manos y poco a poco se fueron. Sebastián entonces perdió el conocimiento.

Se levantó cuando el sol le pegó en la cara.

Le quemaba la garganta y se sentía fatal, estaba lleno de tierra y se encontraba empapado por la lluvia. Le dolían los músculos, la cabeza le iba a estallar. Sin embargo, Sebastián no se metió a la cabaña a descansar y tratar de olvidar todo aquello. No, Sebastián tomó sus llaves, cerró la puerta de la cabaña y dejó una nota en ella de agradecimiento a Rafael. Se subió al auto y no se detuvo, no miró nunca hacia atrás.

Después de manejar por horas, Sebastián llegó a la funeraria. No tuvo tiempo de cambiarse, su ropa seguía sucia, llena de lodo y húmeda. La gente lo miró extrañado, pensaron muchas cosas sobre el pobre de Sebastián.

Raúl lo vio y corrió hacia él, pero al estar frente a frente no pudo abrazarlo, se contuvo.

—Sebastián —las lágrimas le ganaron a Raúl y no pudo decir nada, no pudo decir perdón, no pudo decir que lo lamentaba, sólo pudo decir el nombre de quien hace mucho tiempo fuera su mejor amigo.

Sebastián lo miró, pero tampoco lo abrazo.

—Después, Raúl.

Y Raúl asintió con la cabeza.

Sebastián pudo ver a Erika abrazando a Rodolfo y aullando de dolor mientras Rodolfo trataba de encontrar la manera de calmarla, pero se veía que él también sufría mucho.

Sebastián caminó ante las miradas de todos, ante las palabras que flotaban con su nombre en todo el lugar. Llegó hasta el ataúd abierto adornado con unas bellas flores encima, las favoritas de Claudia, dalias. Sebastián puso ambas manos en el ataúd y contempló a la que fuera el amor de su vida. Claudia se veía tranquila y hermosa, sin rastro de dolor, sin rastro de sufrimiento. Entonces, una pequeña mano jaló varias veces el pantalón de Sebastián. Él, sin sorprenderse miró hacia abajo y dijo:

—Este no es un final.

La mujer alta

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