Diagnóstico. Parte final.

Diagnóstico. Parte final.

Tercera parte del cuento: http://cuartonegro.uno0uno.net/2019/04/19/diagnostico-tercera-parte/

Fin del diagnostico y notas personales:

En este documento he tratado de narrar los hechos de la manera más profesional que me fue posible, sin embargo, y para bien del diagnóstico, tengo que puntualizar hechos personales que me han afectado a lo largo del caso. He pensado mucho en este punto y en lo que a continuación voy a narrar. Sobre todo, porque a pesar de que puedo esconder esto bajo llave o simplemente quemar la carpeta de la familia rojas, quiero que mis palabras me confronten, que me hagan aterrizar mis pensamientos en donde pertenecen, en la realidad, lejos de la especulación, lejos de la superstición. Me apena como profesional, pero no encuentro otra manera de calmar mi visión de las cosas, no quiero que esto se llegue a escalar.

He escuchado a la mujer llorar. Fue en dos ocasiones.

La primera fue mientras dormía, en un sueño. Me encontraba en un lago y había mucha neblina, tenía mucho frío, mis piernas estaban sumergidas en el agua. No podía ver más allá de la orilla y al momento de comenzar a moverme la escuché clara y contundente. Era el llanto de una mujer, sollozaba y en momentos su llanto se convertía en histeria. Movía mi cabeza para tratar de ubicar de donde veía el llanto, pero no la veía, solo podía escucharla. Delante de mí apareció la familia Rojas, estaban también metidos hasta las rodillas en el lago. Todos ellos me observaban sin decir una palabra, se les veía aterrados. Yo traté de hablarles, de gritarles, pero de mi boca no salía ni un sonido. De pronto, Daniel se comenzó a hundir en el lago, los padres solo miraban aterrados, no hacían nada. Daniel soltaba lágrimas de sus ojos, pero tampoco podía gritar, quería hacerlo, pero no podía, antes de hundirse por completo el llanto de la mujer se escuchó más fuerte y una mano pútrida salió del lago tomando la cabeza de Daniel y hundiéndola por completo. Desperté, mi reloj marcaba las 3:33 de la mañana.  No pude volver a dormir, leí un poco, vi algo de televisión, pero no logré quitarme esas imágenes de la cabeza. Al final no le di mucha importancia, era un sueño, imágenes de mi subconsciente haciendo una representación de este caso, de cómo, al parecer, no podíamos salvar a Daniel, todos impotentes sin poder ver bien a lo que nos enfrentábamos, sus padres impotentes antes el terror de perder a su hijo.

La segunda ocasión fue en el despacho. Durante una sesión con un paciente, aquí debo puntualizar algo, y es la terrible vergüenza que siento al escribir estas palabras. Mi mente se dejó llevar por la superstición, el agotamiento y el caso de la familia Rojas. El paciente X, estaba comentando su caso, era su tercera sesión. 5:45 de la tarde, el viento volvía a soplar fuerte y yo me encontraba atento haciendo apuntes sobre mi paciente. En principio pensé que se trataba del viento, aullaba tan fuerte que pensé que de eso se trataba, tanto así que mi paciente hizo un comentario acerca de la fuerza de este y de su aullido. Pero el llanto volvió, tal como lo escuche en aquel sueño en el lago. Mi mente abandonó el despacho y se centró de nuevo en la familia rojas, deje de escribir, y dios me perdone, comencé a temblar. El llanto se escuchó mucho peor en la realidad, lejos del confort de los sueños, del inconsciente. En la realidad, toda nota que escapa a nuestro entendimiento nos paraliza el corazón. Desesperado, traté de encontrar la causa de lo estaba ocurriendo, estoy preparado para ello, estoy preparado para decirle esto a mis pacientes; sobre las voces, las sombras, las imágenes que creen ver, pero realmente no están ahí, para los delirios de persecución, para la volátil mente que trata desesperadamente de armar correctamente las piezas de la realidad, aunque se encuentre rota. Hasta me atreví a preguntarle a mi paciente si escuchaba algo “raro” en el viento. El me respondió que no, y siguió hablando de su problema, para este punto yo ya no le ponía atención. Me levanté sutilmente a cerrar la ventana que estaba abierta, empujaba las cortinas y eso me dio una buena excusa, al cerrar la ventana del otro lado de la calle vi a un niño corriendo hacia una señora que estaba parada en una esquina. Al ver esto tuve que llevarme la mano a la boca para no gritar.

El niño encajaba con la descripción del hermano menor del Señor Rojas. La mujer era tal cual la describía Daniel. Cerré la cortina, me serví un poco de agua y me senté. Mi mente se fue lejos de los problemas de mi paciente, lejos del consultorio. Trataba de armar el rompecabezas, hasta que me puse un alto: “esto no está pasando, esto no es real”. Estaba demasiado sugestionado por lo que había pasado con el caso de Daniel. Traté de calmarme, de respirar hasta que mi paciente me interrumpió.

—¿Estás bien Ignacio?

—Eh…sí claro, una disculpa, ahorita que me levanté me puse un poco mareado, pero no pasa nada. ¿Me decías entonces?

Me concentré de nuevo en mi paciente, pero los llantos no cesaron en toda la tarde. Al salir de mi despacho me sorprendí a mí mismo temblando de nuevo, me subí a mi auto y los llantos habían parado, manejé hacia mi casa. Pero en lo que resta de la noche no pude olvidar el incidente, el llanto y al niño corriendo por la calle fuera de mi consultorio, y a esa mujer pálida, triste y con el vestido negro.

Yo no lo sabía en ese momento, pero estaba a punto de tener mi ultima sesión con Daniel y sus padres. Ya había pedido agendar toda una tarde para primero hablar con el chico y luego con los señores Rojas.

Ultima sesión con Daniel:

Nota: El chico se encontraba muy ausente, lo noté somnoliento, bostezando varias veces durante la sesión. Distraído y ajeno al despacho.

—¿Todo bien Daniel?

—Sí, bueno, no ha pasado nada nuevo. Pero eso no quiere decir que todo este bien. Mi padre ha decidido que nos mudemos de ciudad.

—¿Qué? Pero no me habían comentado nada.

—Es lo que van a decirle.

Hubo una larga pausa. Daniel con la mirada perdida y yo tratando de entender la decisión de sus padres, si bien es cierto que ya habían comentado la idea, no pensé en lo repentino que sería todo, me sentí decepcionado y algo lastimado.

—¿Y qué piensas de todo esto Daniel?

—Me da igual, no importa lo que yo piense. Ellos van a hacer lo que les de su gana. No me importa.

—Es normal estar molesto Daniel, los cambios siempre son difíciles, siempre nos resistimos, pero existe la posibilidad que todo mejore.

Daniel no respondió, bajó la mirada y comenzó a mover los pies. Dio varios suspiros.

—Yo también tuve muchos cambios. De hecho, no soy de está ciudad, me mudé para poner mi despacho y avanzar en una maestría, al principio estaba muerto de miedo y me rehusaba a hacerlo. Ahora puedo decir que el cambió fue bueno, conocí a mucha gente nueva, entre ellos tú, Daniel.

—Mis padres seguirán igual de asustados, no importa a donde vayamos. Mi papá piensa que es la casa, pero no se trata de la casa.

—¿Hablas de la mujer que llora?

—Sí, de ella. La casa no es el problema, nunca fue la casa.

—Concuerdo contigo Daniel.

—¿En serio?

Daniel abandonó su actitud y se conectó completamente con lo que le dije.

—Así es. Creo que nunca se trató de la casa, la casa no está maldita o tiene alguna especie de conjuro. Ella no está ahí por eso. ¿Me equivocó?

—No para nada, usted sí sabe. Es muy listo, es una lastima que mis padres solo escuchen la mitad de lo que usted dice.

—Te diré que haremos. Voy a darte mi numero telefónico para que sigas en contacto conmigo y puedas hablar de la mujer que llora o de lo que tu quieras Daniel, es bueno tener a un amigo durante los cambios.

—Wow, ¿en serio? Bien, si voy a necesitar hablar con alguien. ¿Oiga entonces usted ya sabe también por qué llora? Yo todavía no lo logró averiguar.

—Me temo que no lo sé Daniel, de lo que si estoy seguro es que los miedos de tu padre son incorrectos respecto a la casa. Y estoy seguro de que aplica lo mismo para con el tema de su hermano y tu familia.

—Oiga, pero entonces, si usted sabe todo eso, quiere decir ¿qué también la ha escuchado?

—Yo, no, no lo sé no estoy…

La puerta sonó, era los padres de Daniel, el tiempo había pasado muy rápido sin que yo me diera cuenta.

Última conversación con los señores Rojas:

La actitud de ambos, tal cual la de Daniel, era completamente distinta a las sesiones anteriores, la causa del cambio de ciudad los tenía muy relajados. Sobre todo, al padre.

—Pues esto más bien se trata de una despedida doctor, muchas gracias por todo.

—Pensé que íbamos a aclarar unas cosas antes de eso Ricardo.

—Sí claro, por supuesto, solo quería dar las gracias, es todo.

Un silencio invadió el consultorio, lo cual se estaba volviendo habitual. Estaba molesto, pero no quería expresarlo abiertamente. Sentía que todo el trabajo que recién llevábamos iba a ser tirado a la basura y no importará a donde fueran ellos, esto los seguiría. La señora Rojas ahora la notaba nostálgica, miraba hacia mi ventana, pero no había miedo en sus ojos, se veía como si observara algo a la distancia, algo que no sabía distinguir.

—Discúlpenos, pero hemos decidido ya no seguir con esto. Nos vamos a mudar, Ricardo consiguió que lo movieran a otra planta en su trabajo.

—Sí, sabía lo del cambió de ciudad, lo comentó su hijo. Hubiera preferido que me notificaran antes para hacer arreglos para una ultima sesión más en forma.

No pude ocultar mi tono seco al hablar, mi molestia.

—Sí, perdone. Fue de improvisto.

—Para ser justos con el doctor ya era una idea.

—Algo que no habíamos decidido bien Ricardo. Se presentó la oportunidad y tu la tomaste, apenas me consultaste.

—¡Diana! Es lo mejor y lo sabes. ¿Es idea tuya tener una terapia de parejas ahora? Si quieres acusarme, adelante, aprovecha. De todas maneras, esto ya está pagado.

Mucha confianza y seguridad en el señor Rojas. Siente y sabe que la decisión es la correcta, tanto que salió más a flote la parte egocéntrica y hasta agresiva. La señora Rojas se puso incomoda, su cuerpo se torció ligeramente hacia la izquierda, alejándose de su esposo en el sillón que compartían.

—Oigan yo no soy el malo aquí. Estoy haciendo lo mejor por Daniel, por todos nosotros. Esto ya llego demasiado lejos y es la decisión correcta. Quizá no lo veas así ahora Diana, pero en un futuro me vas a dar la razón.

—Señor Rojas, ¿por qué está tan seguro? ¿Podría explicármelo?

El señor rojas se tomó con la mano su nuca y comenzó a rascarse, miro hacia ambos lados y resignado decidió hablar:

—No hay mucho que agregar, ya le solté todo mi historial familiar. Esa casa ha sido un lastre para mí y mi familia. Sé que las cosas van a cambiar, todo va a mejorar. Ya había pedido el cambio de planta desde hace un año y por fin se pudo dar.

—¿Qué cosa? ¿Hace un año pediste esto? Sin consultármelo.

—No pensé que fuera posible, los movimientos son muy complicados y prácticamente fue tirar mi suerte, como echar una moneda al aire.

—¿Qué es lo que te pasa? ¿Echar una moneda al aire? ¿Tú hijo y yo somos algo para dejarlo al azar?

—No, no cambies lo que estoy diciendo.

—Entonces, por favor, explica bien lo que estas diciendo porque yo solo escucho puras tonterías salir de tu boca Ricardo.

—Señor Rojas, Señora Rojas, por favor. Esto es difícil para todos, me incluyó. Pero hay que tratar de sacar el mejor provecho a está ultima sesión. Además, me gustaría darles mi diagnóstico, es algo apresurado dadas las circunstancias, pero creo que tengo la pista de lo que sucede.

Ambos se quedaron callados, me miraron detenidamente. La tensión fue desapareciendo y fue reemplazada con expectativa. El señor Rojas comenzó a ponerse nervioso.

—Esperaba llevar a cabo unos exámenes neurológicos con un compañero psiquiatra que conozco desde la facultad. Pero todo indica que ya sea por eventos patológicos o químicos, usted señor Rojas ha compartido una depresión y neurosis hereditaria, y creo, por lo que he estado observando en su hijo, que él también ha sido afectado por esa herencia. Pero no es todo, dado el caso tan particular que tenemos y el trauma generado por la pérdida de su hermano, también creo que toda su familia padece una neurosis colectiva, alucinaciones que se comparten entre miembros de una comunidad, estás han ido en aumento y llegan a volverse muy convincentes dado que usted tiene su fe puesta en la maldición de la casa. No es la casa señor Ricardo, nunca lo fue. Si usted muda a su familia de cuidad, de estado, de país, a un nuevo barrio, a un nuevo hogar, esto los va a seguir y los estragos en su hijo comenzarán a ser mucho peores, el ciclo que ha iniciado el trauma de su hermano los va a seguir no importa donde vayan y es muy probable que, si Daniel decide tener familia, esto continúe hasta por varias generaciones. Neurosis colectiva, depresión patológica hereditaria. Ese es mi diagnóstico. Y digo esto convencido, ya que, no importa que diga o que argumente usted, por eso me hubiera gustado tener las pruebas neurológicas de Daniel, usted no va a creerme, porque usted ha decidido que es mejor que el fantasma de una mujer este acechando a su hijo a que padezca algo que usted claramente padece desde hace muchos años y ha decidido ignorar. Pero algo puedo comprobar sin tener los resultados de Daniel a la mano, su esposa ya sufre los efectos de esa neurosis, ve y escucha, pero sobre todo los nervios de la señora Rojas han sido afectados de sobremanera, claro el tema es Daniel, pero se vuelve mucho más complejo bajo el espectro de lo que realmente ocurre.

El señor Rojas tenía la misma cara que tiene un hombre después de que le han asestado un golpe y duda. No sabe si responder la agresión de manera directa o simplemente irse y azotar la puerta. Cerró sus puños y respiraba lento, en cambio la señora Rojas parecía preocupada, pero había cierto alivio en sus ojos.

—¿Está usted seguro?

—Sí señora Rojas, con el tiempo que hemos tenido para trabajar es lo más acertado que puedo darles, sin embargo, es la médula del problema, las ramificaciones, que son muchas, todavía no las conozco. Es una lástima, habíamos iniciado un buen trabajo aquí.

—Usted ya la escuchó ¿no es así?

—¿Disculpe?

—Ya me escuchó, y estoy seguro de que también la ha visto. Esto no es algo que mi hijo o yo tengamos en el maldito cerebro, es algo que existe y está allá afuera arruinando a mi familia. Yo voy a hacerme cargo de esto, a mi manera.

—Ricardo. Tú no eres así. Escucha lo que te están diciendo, quizá exista otra manera, por tu hijo.

El señor Rojas salió por la puerta de mi despacho y nunca regresó. La señora Rojas permaneció en su sillón, tratando de tomar una decisión. Al final fue solo una pregunta.

—¿Es verdad lo que le preguntó mi esposo?

—Sí, estoy siendo participe de las alucinaciones de Daniel y su esposo, pero podemos…

La señora Rojas no me permitió terminar, se le quebró la voz y comenzó a llorar. Se levantó de su asiento y al igual que el señor rojas nunca la volví a ver en mi despacho. Ahora me preguntó si el haber sido sincero respecto a lo que vi o escuché fue lo correcto, quizá la mentira hubiera hecho mucho más bien en este caso, aunque a veces suelo ser medio testarudo con mi molesta rectitud profesional.

Aquí se cierra mi diagnóstico sobre Daniel y la familia Rojas. Espero en verdad, de corazón, que los problemas que presenté aquí ante ellos no se conviertan en una pesadilla en los próximos años. Daniel nunca se comunicó conmigo.

Notas finales:

Esto no debió de ocurrir. Esto es algo que no puedo describir sin sonar como alguno de mis pacientes, pero tengo que redactar unas líneas, pocas líneas. Estoy por irme de la ciudad, llevo una hora tratando de empacar, pero ya no puedo moverme de la ventana de mi despacho. Estoy paralizado. En la mañana veía las noticias, ya tenía un mes sin saber de la familia Rojas, me preparaba para irme al despacho cuando la fotografía de Daniel apareció en la televisión. Daniel se ahogó en un lago que quedaba a un par de kilómetros de su nueva casa, quizá el padre pensó que sería una buena idea estar en un lugar completamente opuesto a la ciudad, casas cerca de un bosque, un lago a un par de kilómetros. El lugar ideal para volver a comenzar. Encontraron el cuerpo del niño 48 horas después, primero pensaron que se trataba de un secuestro, pero gracias a varias cámaras de seguridad puestas en las tiendas y casas cercanas al lugar, dieron con la imagen de Daniel. Al pasar estás imágenes por la televisión mostraban a un niño monocromático caminando solo, pero uno de sus brazos estaba alzado, como si alguien lo tomara de la mano y caminara junto con él, pero no había nadie a su lado. La señora Rojas salió en la televisión, el reportero hizo lo mejor que pudo para tratar de sacarle unas palabras, pero está destrozada, solo aúlla de dolor, el padre tiene la mirada perdida y no se mueve, no responde al reportero, cierran la nota. Yo viene al despacho a cancelar todas mis citas hasta nuevo aviso, recogí mi computadora y tomé el archivo impreso de los Rojas que se encontraba cerca de la ventana y no me he movido desde entonces.

Fuera de mi ventana el viento azota los árboles y un inconfundible llanto lo acompaña. Del otro lado de la calle se encuentra una mujer observándome, tiene un vestido negro y la piel grisácea, los ojos blancos como perlas, con la mandíbula sin rastro de carne y los dientes negros. En la banqueta, corren un par de niños cerca de ella, jugando.

Uno de ellos es Daniel Rojas.

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