Diagnóstico. Segunda parte.

Diagnóstico. Segunda parte.

Continuación de Diagnóstico parte 1. Pueden encontrarlo dando click aquí.

Quiero destacar que el resto de la semana no podía dejar de pensar en Daniel ni en la señora Rojas, pocos pacientes me han cautivado de esa manera desde la primera sesión. Hay ciertas conductas que reconozco, sobre todo en la Señora Rojas que es mucho más transparente. Durante el fin de semana de la primera sesión recorrí con colegas y expedientes algunos casos similares, y aunque encontré patrones de conducta de aislamiento debido a posibles problemas con los padres, no corresponden del todo a la actitud de Daniel, lo que más chocaba aquí era su apertura al tema y no contaba con la timidez y el aislamiento que encontré en otros casos.

En fin, estoy adelantándome mucho, aquí otra platica con Daniel que me parece importante.

—¿Y ella tiene nombre, Daniel?

—No, bueno, no lo sé. No lo he preguntado.

—Ah, entonces puedes comunicarte con ella.

—No, no es así como funciona. Puedo escucharla, pero casi siempre está llorando.

—Debe de estar sufriendo mucho, ¿sabes por qué llora?

—Perdió algo, algo muy importante para ella. Creo que más bien se lo arrebataron. Oiga usted me cae bien, no es como si los demás doctores fueran malos conmigo, pero usted no cree que tengo algo mal.

Daniel hizo una ligera pausa, se vio las agujetas de los zapatos y notó que una de ellas estaba desatada, procedió a atarla y luego agitó sus pies en el aire. Dio un recorrido a todo mi despacho con la mirada, se detuvo un momento en la ventana, de nuevo había mucho viento, pero la rama del árbol ya no estaba dándonos guerra. Por un momento parecía que iba a perder el hilo de la conversación.

—¿O cree usted que si tengo algo mal? Ir con tantos doctores me hace pensar que sí.

—Para nada Daniel, creo que eres un gran chico y tienes unos padres que se preocupan mucho por ti.

—Mi papá ha dejado de jugar conmigo.

—¿Cómo dices?

—Antes jugábamos mucho en el jardín de la casa. Mi papá compró un arco de portería y me regaló unos guantes, es muy divertido ser portero y parar los balones. Mi papá pateaba el balón para que yo tratará de pararlo, es algo que me gusta mucho hacer con él.

—¿Y qué ha pasado?

—Creo que mi papá me tiene miedo.

—¿Por qué dices eso Daniel? Tu papá te quiere mucho, aunque no lo conozco es algo que me asegura tu mamá.

—Es desde que la escucho llorar, muchas cosas han cambiado desde eso. Yo no buscaba escucharla, yo no quería que nada cambiara.

—Tranquilo Daniel, nada de esto es tu culpa. Ya veremos que pronto todo volverá a ser como antes, incluso mucho mejor que antes.

—Es el viento, señor.

—Llámame Ignacio por favor. ¿Y qué quieres decir con eso?

—La escucho llorar cuando hay viento, cómo ahora.

El viento es un dato importante, pero necesitaba entrevistar a los padres, tener una sesión únicamente con ellos y de preferencia que Daniel no estuviera enterado. Estoy seguro de que descubriría un patrón dentro de la dinámica de sus padres y su relación, no pude estar más equivocado.

Nota: Fue complicado que su padre, Ricardo, agendará una sesión. Argumentaba problemas de logística por los horarios, pero, sobre todo, no le ve mucho futuro a la terapia con su hijo, me lo hizo saber apenas se había sentado en el sillón del despacho.

—No lo tome a mal Ignacio, pero esto es una pérdida de tiempo. Ya te había dicho que lo que tenemos que hacer es mudarnos, es esa casa la que tiene algo mal y solo estamos perdiendo el tiempo aquí.

—Ricardo por favor, no han pasado ni tres minutos desde que nos bajamos del auto y prometiste que no harías esto.

—Bueno Diana, te mentí. No, más bien me mentí a mi mismo con esto, pensé que podría, pero no puedo hacerlo.

—Por favor, hay que centrarnos en lo importante, en Daniel. Por eso los cite a ambos.

Nota: La actitud del señor Rojas era de una persona muy inquieta, noté algo de ansiedad sin llegar a notar un padecimiento crónico. Movía los pies constantemente, algo lo asfixiaba, primero pensé que se trataba del despacho, pero descarté esa idea.

—Claro que lo que nos importa aquí es Daniel, y descuide, no tengo nada en contra de su profesión, solo que no creo que sea lo que mi hijo necesite. Ya llevamos tiempo con esto y la solución es marcharnos, antes de que sea tarde.

—¿A qué se refiere con que sea tarde?

—Tardé para mi hijo, antes de que…olvídelo.

—Ricardo por favor, ya habíamos hablado de esto, eso no va a ocurrir. Es algo más grave que eso, y tú lo sabes.

—No, no y no. No voy a entrar en ese juego de creer esas cosas. Alguien está metiéndole ideas a mi hijo, tenemos que irnos de esa casa, tenemos que mudarnos de vecindario y si es posible de estado.

—Ricardo ya ha amenazado a los directivos de la escuela de Daniel, les ha echado pleito a los maestros y…bueno, me apena mucho decirlo, también a sus compañeros. Hemos recibido quejas y hasta amenazas de otros padres. La situación se ha vuelto muy tensa en esa escuela, si al final de cuentas no nos mudamos o nos vamos, estoy segura de que la misma escuela va a expulsar a Daniel para librarse de problemas.

—Alguien en esa escuela está jodiendo a mi hijo. Le meten ideas, le meten algo en la comida, no sé exactamente qué es, pero estoy seguro de que pasa en ese lugar. Luego la casa, la maldita casa.

—Necesito que me expliquen el asunto de la casa, para poder entender y tener contexto.

Nota: Ambos se quedaron callados, no querían abordar el tema de la casa. Ricardo abandonó por completo su ansiedad y desesperación, me da la impresión de que se estaba forzando a pensar o creer que la escuela es la responsable del cambio en su hijo. La casa es un tema incómodo para el matrimonio. Ambos se tomaron de la mano, fue un gesto discreto, pero notaba que no había distancia entre ellos, el tema de Daniel y que enfoque tomar los hacía discutir, pero parece que no pasaba de eso.

—La casa es heredada. Me la cedió mi madre cuando falleció. Decidimos mudarnos ahí porque apenas comenzaba en mi trabajo, ahora me va bien, podemos rentar o comprar una casa y pagarla poco a poco, no me encantó la idea de vivir ahí, pero era buena opción.

—¿Hay algo malo con esa casa? Me da la impresión de que ahí fue donde usted creció.

—Sí, mi esposo creció ahí con su padre y su madre, también vivieron ahí dos de sus hermanos. El asunto es que, bueno, uno de sus hermanos, el más pequeño huyo de la casa un día. Ricardo y su familia no volvieron a verlo.

—Él tenía 7 años cuando se fue de la casa.

—¿Se fue?

—La policía en aquel tiempo pasó mucho tiempo investigando el caso, mi padre tenía muchas conexiones e influencias políticas, se obsesionó. Al final presentaron las suficientes pruebas de que se había marchado. Luego investigaron a mi padre por supuesto abuso y un montón de tonterías, lo destruyeron, que mi hermano se fuera nos destruyó a todos.

Nota: La sesión fue interrumpida de manera violenta antes de terminar. El señor Ricardo miró aterrado por la ventana de nuevo y pude escuchar claramente que el viento comenzó a soplar muy fuerte. Se levantó rápidamente y maldijo hacia la ventana, luego de eso salió rápidamente por la puerta profiriendo insultos, la señora Diana en cambio pareció petrificarse, sus ojos se humedecieron y noté que un escalofrío recorrió su cuerpo. No pudo decirme nada más, abandonó el despacho nuevamente aterrada.

Aquí hay un delirio colectivo, un evento del pasado que atrapó al padre y se ha esparcido por toda la familia, bien, ya tengo algo con que comenzar. Aunque lo dejaré para otro día, el viento sopla tan fuerte que es imposible concentrarse.

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