Ahora tengo un gato

Ahora tengo un gato

Es raro tener un gato, principalmente porque nunca había tenido uno. Pero me adelanto un poco, es una gata y se llama Dalia. Se tardó un rato en tener un nombre, entonces se le llamaba con ruidos y sonidos ridículos.

¿Qué se hace con un gato?

Dalia vivió sus primeros dos meses fuera, más específicamente en el árbol de la banqueta de mi casa. En ese entonces era mejor conocida como “el pinche gato que ronda la casa y maúlla un chingo”. Pensaba que se trataba del gato nuevo de algún vecino; más tarde me di cuenta de que no era así cuando la encontraba dormida en mi cochera debajo de mi auto.

¿Cómo funciona un gato?

He tenido una mitad de año difícil —sigue siendo difícil al escribir esto— entonces cuando me sentía saturado salía de la casa y me sentaba en la banqueta o me recargaba en el auto en la cochera. Siempre estaba ahí Dalia, me maullaba y yo la acariciaba, pero todavía no la dejaba entrar. No lo hacía porque no tenía idea de qué hacer con uno, nunca había tenido uno. No sé de gatos.

Al salir de la casa ahí estaba Dalia, al llegar a la casa también estaba Dalia.

Una vez alguien me dijo que los gatos pueden ahuyentar a los demonios y pueden reconocer a los fantasmas, todo lo que sé de los gatos lo aprendí leyendo a Poe y sus historias extraordinarias.

No sé nada de gatos.

Dalia comenzó a entrar a la casa paulatinamente, con miedo y curiosidad dio sus primeros pasos. Se mostraba cautelosa y no asomaba indiferencia, la cual es muy propia de los felinos. Dalia me ronronea cuando me ve, me visita cuando escribo en la computadora y se queda viendo las cortinas del estudio. Brinca un poco para poder alcanzarlas, pero se da por vencida rápidamente, vuelve a verme y ronronea un poco, luego se hace bola en una esquina donde da el sol y se queda un rato.

“¿Ya te adopto la gata?” Solían decirme, no entendía muy bien a lo que se referían con eso. Le compramos comida a Dalia, me sorprendía a mí mismo dándole a veces pequeños sobres de atún a falta de comida para gatos, le encantan esos sobres de atún para humanos y para gatos.

No estoy seguro que Dalia se dé cuenta de mi tristeza, tampoco sé si le importa. A veces ni yo mismo me doy cuenta de ella, porque de manera inepta siempre la confundo con melancolía.

Dalia mató a un ratón el otro día, lo destrozó por completo y lo dejó en la entrada. “Te dio un regalo” “ya es de los tuyos” me decían, pero seguía sin entender aquello, aún no lo entiendo. Me llama la atención los cortes que le realizó al miserable roedor, le cortó la cabeza con mucha exactitud y precisión, también el torso y regó las tripas por el pasto. Un trabajo fino, muy exacto y de buen gusto.

¿Los gatos pueden ver a los fantasmas?

A veces pienso que esta casa está llena de fantasmas y me pregunto si Dalia puede verlos, me pregunto también si puede llegar a ver aquellos fantasmas que parlotean entre ellos arriba de mi cabeza, que revuelan por la casa y se quedan en la cocina platicando. Me pregunto si a Dalia le importan los fantasmas.

Dalia me mira constantemente y yo la miro a ella, a veces le grito cuando quiere salir y luego se arrepiente.

—Maldita sea Dalia, si serás cabrona.

El vecino me ve extrañado al escuchar esto, yo le doy los buenos días y cierro la puerta.

No diré ni pienso que Dalia me ha cambiado —no soy tan ridículo, además que responsabilidad darle a un pobre gato el cambio de uno mismo— Dalia sólo está ahí, ignorándome a veces y otras tantas haciéndome caso.

Dalia y yo estamos en esta casa en la cual antes había mucho ruido, voces, pláticas y charlas. Gritos y reclamos, gente. Gente que no sé dónde está ni sé a dónde se fue. Esta casa albergó muchas promesas y planes que se transformaron paulatinamente en fantasmas.

Dalia y yo estamos en esta casa, ella a veces me ve y yo a ella, le doy de comer y ella agradece. Dalia llegó aquí o algo la trajo, no importa.

Las razones últimamente no importan.

Los significados tampoco importan últimamente.

Dalia y yo estamos en esta casa, con todo y fantasmas y uno que otro demonio y eso está bien.

 

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