La mancha que se ubicaba en la esquina derecha de la habitación de al lado

La mancha que se ubicaba en la esquina derecha de la habitación de al lado

Cuento de hace tiempo que estaba perdido, ya lo acomode en el cuarto.

 

 

Ya han pasado 4 días, 6 horas y 34 minutos desde que le disparé en la cabeza en su habitación aquel domingo por la noche. He usado de todo para quitar la mancha de sangre que ha quedado impregnada en esa esquina, esa misma esquina donde me suplicó por su vida, pero en su defensa, no fue lo primero que hizo; primero abrió los ojos como si fueran platos, soltó la carcajada más fuerte que le escuché en su puta vida. Ella no lo podía creer, se le hacía una broma, una bien elaborada claro, ya que yo me había tomado la molestia de conseguir un “arma falsa con el único fin de asustarla”. Luego vino la realidad que se estrelló en su mirada. Yo no estaba carcajeándome y el arma no era “falsa”, mi mirada, mi postura y mi silencio acabaron al instante y de manera fatal con su risotada. Vinieron las lágrimas entonces, la súplica, la promesa; casi al final siempre viene la promesa.

Luego vino la ira, me maldijo a mí y a mis hijos que no habían nacido, a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas, a mis amantes, a mis amigos; solo le faltó maldecir a mi pequeño pez, que vive sin percatarse de todo esto en un pequeño castillo dentro de la pecera de la sala. Luego, fuego y ruido; un estallido y la estela de sangre, sesos y huesos que salieron disparados por la parte posterior de su cabeza incrustándose en la esquina derecha de la habitación de al lado, habitación en la cual vivía ella.

Luego silencio, nada más que silencio. Así fue durante la siguiente hora, la cual dedique a contemplarla. Estaba callada y sometida por la muerte, con la mirada apagada, el cuerpo desparramado y el cráneo escurriendo sangre. Tuve una erección, fuerte y dura como nunca en mi vida, duré duro toda la noche.

Deje el arma falsa en mi buró, donde suelo guardar todas mis armas falsas. Dormí 15 horas, llenas de sueños húmedos que se transformaban en campos llenos de flores con viento que soplaba al norte, con nubes que se movían como si escaparan de mí. Dormí como nunca, desperté con la mirada atrapada en lo que tenía que hacer, en lo que tenía que resolver:

El cuerpo y la mancha de sangre, sesos y huesos incrustados en la esquina derecha del cuarto de al lado.

El cuerpo fue algo sencillo, lo corté en partes y lo enterré en diferentes lugares. Mi familia tiene varias propiedades, una parte para cada propiedad, tampoco quería ser un flojo.

Su ropa, libros, discos, notas y demás tonterías que ocupaban un espacio en esa habitación fueron reducidos a cenizas. Luego di una caminata por el bosque y deposité un pequeño rocío de las mismas en cada árbol que encontraba cada 30 pasos.

Lo hice con gusto, mi sonrisa no se quitó durante todo el día.

Luego vino la mancha de sesos, sangre y huesos. Primero intenté quitarla con agua, luego con jabón, luego probé ese poderoso y novedoso detergente para ropa, luego lo intenté con vinagre y nada. La mancha seguía ahí, en esa misma esquina donde sus ojos gritaron y su boca parpadeo.

4 días, 6 horas y 34 minutos desde que esa mancha se alojó en esa esquina. 4 días, 6 horas y 34 minutos desde que esa mancha comenzó a crecer dentro de la habitación de al lado. He faltado al trabajo; las excusas al principio son fáciles, son creíbles, son justificables. Tengo ya dos botes de pintura color salmón, el mismo color de la habitación, no puedo solamente pintar esa esquina; tengo que pintar toda la habitación. Tengo que ser cuidadoso, tengo que ser minucioso.

No estoy durmiendo, no estoy comiendo, la mancha se burla de mí, se mofa de que trate de encargarme de ella, me demanda ser borrada de esta habitación, de esta casa, de esta ciudad.

Pero la mancha no cede a pesar de sus irónicas suplicas, a pesar de sus gritos burlones por ser exterminada crece, se propaga aun con la pintura encima, la pintura color salmón, la pintura del mismo color de esta habitación de al lado. Se expande dentro del cuarto, la observo y secretamente la admiro. Ya llegó al techo y a las otras paredes, se coló por el clóset y alcanzó el baño. La mancha de sesos, sangre y huesos se propaga por la habitación de al lado, ya no recuerdo qué tengo que hacer en mi trabajo, la última vez habían pasado 4 días, 6 horas y 34 minutos desde las promesas de quitar manchas, desde la pintura milagrosa y de alto costo. La mancha superó y se burló de todo eso, se mofó del fuego y del estruendo, acabó con el silencio.

La mancha no quiere parar, quiere expandirse, quiere ser parte innegable de este hogar. Llegó a la escalera y conquistó los cuartos vecinos, ahora tiene su mira en la sala, luego la cocina, está hambrienta de territorios. Está devorándolo todo.

Ya no abandono esta casa, ya no recuerdo el trabajo, mucho menos mis citas, la familia está preocupada o por lo menos así me lo hace saber la contestadora que está al lado del teléfono que junto con él no dejan de sonar, me buscan, pero ellos no saben que yo ya no estoy aquí. La mancha me atrapó, me hizo parte de ella, de su sangre, sus sesos y sus huesos, me llevó a ser parte de esta casa en donde retumba el silencio, que de vez en cuando es apagado por un disparo que se escucha cuando nadie pone atención.

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